Una reflexión sobre la coherencia política

Jose Ignacio Lauroba

Publicado el 10/06/2026 a las 07:41

He leído las declaraciones de representantes de EH Bildu criticando determinados actos de protesta, alteraciones del orden público o comportamientos que consideran inaceptables. Y confieso que no puedo evitar sentir una profunda perplejidad.

Resulta sorprendente escuchar lecciones de civismo, convivencia o respeto institucional de quienes proceden de un espacio político que durante décadas convivió con un entorno social y político donde la violencia, la intimidación y la presión en las calles formaron parte de la vida cotidiana de nuestra Navarra.

No hablo de reabrir heridas ni de alimentar enfrentamientos estériles. Hablo simplemente de memoria. De una memoria que debería servir para ejercer la crítica con algo más de humildad y menos superioridad moral.

Durante demasiados años hubo ciudadanos que vivieron señalados, amenazados o silenciados. Hubo familias destrozadas por el terrorismo. Hubo personas que necesitaban escolta para desarrollar una vida normal. Hubo empresarios, comerciantes, concejales, periodistas y ciudadanos anónimos que conocieron de cerca el miedo. Esa realidad forma parte de nuestra historia reciente y no debería ser olvidada cuando algunos se presentan hoy como árbitros de lo que es aceptable y de lo que no lo es.

Toda violencia merece ser condenada. Toda intimidación merece ser rechazada. Toda imposición merece ser combatida. Precisamente por eso resulta difícil aceptar determinadas declaraciones cuando parecen ignorar la responsabilidad histórica de quienes durante tantos años guardaron silencio, justificaron o minimizaron comportamientos similares o peores y a diario.

La convivencia se construye sobre la verdad, la memoria y la autocrítica. Y estos pilares siguen siendo una asignatura pendiente para demasiados responsables políticos.

Los navarros hemos sufrido bastante como para aceptar ahora discursos que reparten certificados de buena conducta sin reconocer plenamente lo que hicieron. Nadie posee la verdad absoluta. Nadie tiene el monopolio de la justicia. Y nadie debería hablar desde una supuesta superioridad moral sin haber realizado antes un ejercicio sincero de reflexión sobre su propio pasado.

Porque la memoria no debe utilizarse como arma política, pero tampoco puede convertirse en una amnesia selectiva.

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