El difícil arte de elegir pregoneroen tiempos de desconfianza
Publicado el 09/06/2026 a las 07:16
El año 2026 se presenta especialmente complicado a la hora de designar a una figura digna de lanzar un chupinazo o pronunciar un pregón de fiestas. No por falta de personas honradas o con méritos suficientes -que las hay, y muchas-, sino por la inercia de un sistema en el que los elegidos suelen proceder del ámbito político: alcaldes, concejales o círculos de afinidad cercanos. Y ahí es donde la elección se vuelve, cuanto menos, cuestionable.
Si el criterio fuese estrictamente meritocrático, no cabe duda de que surgirían nombres con un peso moral y social incuestionable. En ese escenario ideal, una propuesta llamativa -y no exenta de simbolismo- sería la del Papa León XIV como pregonero de las fiestas de San Isidro de 2027. Su discurso, centrado en la concordia, el respeto al prójimo y la responsabilidad en el uso de las redes sociales, ha logrado conectar con amplios sectores de la sociedad. A ello se suma su capacidad para reconocer errores y pedir perdón públicamente, un gesto de humildad poco frecuente en la esfera pública actual.
El pontífice ha sabido además congregar a miles de jóvenes en torno a valores como el civismo, el compromiso y la convivencia, ofreciendo una imagen poco habitual en tiempos marcados por la polarización. Una bocanada de aire fresco que muchos consideran necesaria.
Pero si aterrizamos en el ámbito más cercano, Pamplona también contaría con candidatos de enorme relevancia simbólica. En concreto, la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil se erige, para algunos, como una institución merecedora de tal reconocimiento. Su labor, marcada por la investigación de tramas complejas y la exposición de prácticas irregulares, ha sido desarrollada -según sus defensores- en condiciones adversas y con escaso respaldo institucional.
No han sido tiempos fáciles para quienes han decidido “tirar de la manta”. La presión mediática, el señalamiento público y las tensiones internas han acompañado a estos profesionales en un camino que muchos califican de valiente. Desde esta perspectiva, su hipotética elección como protagonistas de un acto festivo tendría un alto componente reivindicativo.
Sin embargo, esta posibilidad se percibe más como una utopía que como una opción real en el actual contexto institucional. La realidad apunta a que las decisiones seguirán respondiendo a dinámicas tradicionales, alejadas de estos planteamientos.
Este artículo, escrito con cierta ironía, no pretende ocultar una preocupación de fondo: el riesgo de normalizar la falta de exigencia moral en la vida pública. Cuando la corrupción, la ausencia de ética o la pérdida de valores dejan de generar rechazo, la sociedad entra en una peligrosa deriva. Porque cuando desaparece la exigencia moral, lo que queda no es solo desafección o deterioro: es, sencillamente, la normalización del mismo.