El principito de Belén

Javier Erro Garcés

Publicado el 28/12/2025 a las 08:16

Cada vez estoy más convencido de que lo esencial en la vida está lejos de lo que satura los sentidos. Es decir, lejos del ruido, de lo ostentoso y de la luz cegadora. Y cerca del susurro, de lo casi inadvertido y de lo sencillo. Algo así pasa con la Navidad. El corazón que la hace latir no se deja ver en las compras, en las masas agitadas de gente, en las comilonas, en la sobredosis lumínica o en la algarabía. Es 22 de diciembre y mucha gente está pendiente del reparto azaroso de millones en el cual han puesto su ilusión. Lejos de ese afán, en Roma, escuchamos a Francisco con la voz de León hablando de llevar la alegría, la acogida universal y la atención a los pobres a toda la humanidad. Reclama a la iglesia superar estructuras rígidas e intereses particulares para abrirse y escuchar. Ponerse en diálogo con el mundo actual para crear juntos una nueva humanidad. En ese espíritu anida el sentido de este tiempo de Navidad.

En esa línea aperturista de tratar de llevar un mensaje nuevo y revolucionario al mundo, leo la felicitación de Navidad de la iglesia de San Antonio. Dice así: “Todo lo que somos, los hilos que tejen nuestras vidas están en la vida de Jesús. Por eso, cada uno de esos recuerdos o páginas de su existencia es como un remedio para la nuestra. La sabiduría de Dios se hizo carne, se hizo humana, se puso y sigue a nuestro alcance. Podemos sanar con palabras de entonces las heridas de ahora”. En ese momento, estaba releyendo El principito, y me pareció un maravilloso ropaje nuevo para hacer hablar hoy a ese niño de Belén que festejamos. Vi en él, una forma de poner en diálogo el mensaje de Jesús con palabras y experiencias actuales. Esta obra versa de las vivencias de un niño incomprendido por los adultos, pues estos no ven el interior de las cosas. El principito vive en un planeta pequeño con tres volcanes enanos y una flor. Al ser tan pequeño, puede degustar muchas puestas de sol sin apenas moverse. Y al tener una sola flor, es para él única y especial. Es decir, la pequeñez y la sencillez permite valorar las cosas y generar vínculos personales y auténticos.

En los diferentes planetas conoce a un monarca con poder absoluto que necesita que todos le obedezcan; a un vanidoso, esclavo de reconocimiento, que no escucha si no le alaban; a un borracho atrapado en un círculo vicioso; a un hombre de negocios, serio, ocupado, sin paz interior ni tiempo, que busca poseer las estrellas; a un farolero que sigue siempre las mismas consignas aunque cambien los tiempos; y a un geógrafo que no sale de su despacho y actúa según oídas. El principito solo valora al farolero, pues es el único que al menos se ocupa de algo más que de sí mismo. Al llegar al planeta Tierra, está llena de poderosos, vanidosos, borrachos, hombres de negocios, geógrafos y faroleros. Estos ocupan poco espacio, pero se creen muy importantes. En la Tierra atraviesa el desierto, y de nuevo se cruza con una serpiente, una flor, una rosa, un zorro, con el eco, con un comerciante y con un guardagujas que le hablan sobre las personas de la Tierra. Estas no saben a donde van, no tienen raíces, no tienen tiempo para crear vínculos y todo les parece igual.

Entonces, el zorro le revela el secreto de la vida al principito: lo esencial es invisible a los ojos, solo se ve con el corazón, dedicando tiempo y creando vínculos personales con lo que vives. La belleza de todo proviene del tesoro oculto que contienen. Tras aprender esto, el principito deja su cuerpo y desaparece, quedando vivo en el cielo, habitando su planeta en la bóveda estrellada que sirve de guía al niño del cuento. Ya nada en el universo vuelve a ser igual tras esa vida del principito que se originó y se culminó bajo una estrella.

Las resonancias de la historia de este principito, con ese pequeño rey que nació en Belén, son innumerables. Ningún adulto lo comprenderá, por eso la Navidad, al igual que el reino de los cielos o este cuento, es de los niños. Porque lo esencial en la vida está en lo pequeño y solo se percibe con los ojos del corazón.

Javier Erro Garcés, Doctor en Química y profesor de la Universidad de Navarra

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