La magia de los deportes minoritarios
Publicado el 30/11/2025 a las 08:21
Juego a un deporte minoritario desde que tengo 6 años y, a día de hoy, soy “profesional” en él… si es que se le puede llamar así. Es uno de esos deportes que casi nadie conoce, que rara vez aparece en la televisión y que sobrevive con el dinero justo. Mientras otros disfrutan de instalaciones impecables, ingresos generosos y un reconocimiento inmediato, nosotros entrenamos a horas imposibles, compaginamos vida deportiva con estudios o trabajos y cruzamos el país en buses interminables para competir en condiciones que, en ocasiones, rozan lo cuestionable. Y aun así, seguimos.
Y es ahí donde ocurre lo curioso: la falta de comodidades, lejos de debilitarnos, crea un sentimiento de pertenencia mucho más visceral. No estamos aquí por fama ni por dinero -que, seamos sinceros, es escaso-. Estamos porque, cuando pisas la pista, la sala o, en mi caso, el campo, sientes que estás justo donde tienes que estar; estás en tu lugar.
¿Y hay mayor acto de amor que darlo todo sin esperar nada a cambio? Al final, eso es lo que sostiene los deportes minoritarios y lo que ningún deporte mayoritario podrá lograr jamás: la certeza de que, si sigues jugando, es por un acto de amor puro y duro hacia ese deporte, sin promesas de nada. Quizá nunca nos llenemos los bolsillos, pero este deporte sí nos llena el corazón. Y eso -aunque nos llamen locos y aunque poca gente lo entienda-, al final, pesa más.