La pandemia de las emociones
Publicado el 18/09/2025 a las 07:43
¿Las emociones pueden ser contagiosas? Es interesante cómo, al igual que una pandemia (como lo fue el covid, con 778 millones de infectados a nivel global), las emociones pueden propagarse. El contagio de las emociones es mucho más estrecho que cualquier pandemia biológica. Sin necesidad de compartir el mismo espacio, sin necesidad de estar sano, sin necesidad de sentirnos… humanos.
Comenzaré preguntando al lector: ¿cuándo fue la última vez que lloró por una película? Puede que mi pregunta sea un poco tonta, sin sentido… pero, dígame: ¿cuándo fue la última vez que un personaje le hizo llorar? ¿Cuándo fue la última vez que un personaje le transmitió rechazo? ¿Cuándo fue la última vez que dijo: “¡No entres ahí, imbécil, ¿no ves que es una trampa?!”.
Puede que sea una persona muy expresiva y comente todas las películas, o puede que sea de las que se dedica a observar en silencio. Lo que está claro es que una pantalla puede hacer que cambie su estado de ánimo.
Por ejemplo, este verano, mientras hacía 40 grados en la calle -y por mi odio hacia el calor-, decidí quedarme en casa. Ya estaba harta de jugar a juegos en el móvil, de leer, de estudiar… así que decidí ver una serie (no es muy común en mí, ya que me aburren). Entre toda la variedad de series y películas que ofrecía la plataforma, me decanté por una serie que tenía buena pinta: Alice in Borderland. Nunca entenderé el fetiche humano de ser testigos de momentos violentos y sangrientos hacia otros humanos.
El caso es que antes de empezar la serie, recibí la noticia de que los resultados de mis notas del grado estaban publicados. Y, sorprendentemente, había aprobado todas las materias. ¡Pueden imaginar mi alegría! Por fin. Qué felicidad. Tras unos brincos y un pequeño baile de victoria, hice unas palomitas y le di al play. La serie estaba muy interesante. Es muy parecida a El juego del calamar, y encima con un reparto de actores japoneses. Estaba segura de que captaría mi atención, y, efectivamente, así lo hizo.
Estuve cuatro horas (que para mí es muchísimo) observando todo lo que ocurría. Pero llegó un momento en el que no estaba viendo la serie por gusto, sino por intriga. ¿Qué iba a pasar ahora? ¿Cuál será el siguiente juego? ¿Están dentro de la Matrix? ¿Saldrán vivos los que cumplen el papel de ovejas? Y, tras muchas preguntas más, ocurre la masacre. Muerte.
Muerte… es una palabra que me da miedo, angustia. No quiero llegar. ¿Habrá otra vida? ¿Un Dios? ¿Moriré y ya? ¿Duele? ¿Ves la luz? En pocas palabras: me comí la cabeza. Era un disco completamente rayado. Esa misma noche no cené, y tampoco dormí. Me pasé toda la noche en vela, sin pegar ojo. Únicamente sobrepensaba, deseando que mi reloj marcara las 6.30 horas para poder madrugar y distraerme.
Y aquí estoy, contándole cómo una pantalla me quitó el hambre, el sueño… Ya no me importa que tenga todas las asignaturas aprobadas. No me importa la alegría que sentía antes de la serie. No me importa el baile de victoria. Voy a morir. Como usted. Y me da miedo.
¿Tiene miedo? ¿Cuál será el día que morirá? ¿O le da más miedo lo que deja en este mundo? ¿Morirá antes que sus padres? ¿Estará nuestra queridísima mascota esperándonos? ¿Llegará un punto donde no le vuelvan a mencionar a sus amigos? ¿Su pareja rehará su vida con otra persona? ¿Dejarán de ir a su restaurante favorito? ¿Volverá a ver a su abuelo? ¿Llorará su hijo? ¿Se reconciliarán sus hermanos en el funeral? ¿Habrá discusiones por la herencia? ¿Llorarán el día de su cumpleaños? ¿Le echarán de menos en Navidad? ¿En las fiestas de su pueblo sentirán un vacío por su ausencia? No tengo la respuesta… Pero perdóneme. Lo último que quiero es que una pantalla le robe la paz.
