El Casco Viejo o Antiguo

Enrique Iriso Lerga

Publicado el 12/07/2025 a las 09:12

El pasado es lo que nos ha hecho como somos. La memoria o el recuerdo puede evitar que Pamplona se falsee y desarticule. Me traslado en el tiempo a la Pamplona recoleta, tradicional y bucólica, ceñida por sólidas murallas. Para los Sanfermines, la música popular era parte esencial de la fiesta. Los mozos castas se ataviaban con blusa, faja, boina, pañuelito rojo y bota de clarete. Dormían poco, pero danzaban, saltaban, cantaban, comían y bebían bastante. Almuerzos mañaneros en la calle, meriendas en los toros, vino y aguardiente en las tabernas. Por unos días la ciudad se transformaba.

En los pasacalles intervenía la llamada “gente de bronce”, gente alegre, que se divertía de día y de noche, que lanzaba con alegría vivas a San Fermín y que ocupaba en el ruedo el tendido de sol. Un bullicio contagioso, jaranero sin par, único en el mundo, se apoderaba de las calles, paseos y plazas de la ciudad, que entonces era el Casco Viejo: txistularis, joteros, gaiteros, txarangas, guitarras, panderetas, castañuelas, dulzainas, tamboriles, txulubitas, dianas, verbenas… Además, la Comparsa de Gigantes y Cabezudos, diseñada por Tadeo Amorena y Félix Flores, animaba las calles abarrotadas de niños y mayores. Y en esa atmósfera confortable se celebraban las vísperas del seis de julio, la misa y la procesión matinal del siete de julio, y la octava del catorce de julio.

La parroquia de San Lorenzo se convertía en un faro de luz durante los días feriales. A los actos religiosos, presididos por las autoridades eclesiásticas y civiles, acudían los pamploneses con un alma más silenciosa y sosegada, en una actitud de piedad y respeto. Y, así, en el Casco Antiguo se hermanó el nexo más vivo con la evolución y con el pasado.

Aquellos pamplonicas serán más tarde los que entrarán en contacto con las novedades aceleradas del presente, respetando el vínculo más piadoso con la tradición. Y, si bien no escribieron sus genealogías, queda claro para quien sepa leer sus caras sin recurrir a la documentación que en sus rasgos hay mucha historia y mucho trabajo. Al terminar las fiestas volvía la normalidad. Se repetían las mismas cosas y los mismos gestos familiares. Y desde Pamplona tomaban conciencia de que eran seres humanos en el mundo. La circunstancia de la que habló Ortega y Gasset era para ellos Pamplona, su ciudad. El apego a su tierra patria iba creciendo y se hacía más entrañable con el paso del tiempo.

Enrique Iriso Lerga

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