Europa y su paradoja migratoria

Jesús Ángel Martínez Ganuza 

Publicado el 02/02/2025 a las 08:29

Europa está empezando a enfrentar las consecuencias de su doble moral respecto a la inmigración. Nunca hubo una intención real de construir una sociedad multicultural, sino de asegurar una fuente constante de mano de obra barata. En muchos países europeos, los migrantes fueron relegados a los márgenes de las ciudades: barrios pobres, periféricos, en muchas ocasiones sin servicios básicos, en los cuales se acaban creando guetos.

A través de ciertos eslóganes, y propaganda, se apeló a las emociones, explotando la vulnerabilidad de los migrantes para generar empatía en la clase media europea, que veía en su acogida una acción moralmente justificable. Sin embargo, esta empatía estaba impregnada de un aire colonial: una actitud paternalista que recuerda al gesto de alimentar a un animal callejero sin abordar las raíces de su situación. Mientras algunos países como Alemania o Francia hablaban de multiculturalidad y ayuda humanitaria, sus empresas se encargaban de saquear recursos y perpetuar la inestabilidad en África, agravando las mismas condiciones que llevan a tantas personas a abandonar sus hogares.

Por su parte, la izquierda, incapaz de ver la estrategia detrás de este esquema, se limitó a proporcionar ayuda básica a las olas de migrantes, sin ofrecer soluciones reales más allá del momento de su llegada. Una vez en Europa, los recién llegados eran abandonados a su suerte, condenados a la precariedad y al más absoluto ostracismo. Europa ha estado viviendo un proceso de neocolonialismo moderno: explotando a las personas y sus recursos mientras se construye una narrativa que presenta la explotación como un acto de generosidad. En lugar de dejar de intervenir en los países de origen para permitirles prosperar, Occidente opta por “adoptar” a los migrantes, como si fueran seres incapaces de valerse por sí mismos.

No puede hablarse de multiculturalidad ni de verdadera integración cuando los migrantes, en toda Europa, cobran salarios considerablemente más bajos que los locales y constituyen una gran parte de las personas sin hogar. Lo que ocurre no es integración, sino una forma de esclavitud moderna disfrazada de ayuda humanitaria.

Sumando a una falta de control la permisividad frente a ciertas conductas solo refuerza la percepción de que la inmigración es un problema, cuando en realidad el problema es la falta de control y de exigencia de un verdadero compromiso con la convivencia y las leyes del país de acogida.

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