Solidaridad: la riqueza de compartir
Publicado el 22/10/2024 a las 07:20
No me acaba de gustar cómo define el Diccionario académico la palabra “solidaridad”. Dice así: “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Me resulta pobre. Me sobra el adjetivo “circunstancial”, que pienso que resta valor a la actitud de fondo que lleva consigo el hecho de ser solidario, aunque, como todo en la vida, la solidaridad se ejercite en circunstancias o momentos particulares. Y es que la actitud solidaria brota, hablando de tejas abajo, de compartir la humanidad que nos une a todos por el hecho de ser personas. Surge de reconocer y respetar en los demás la inquebrantable dignidad de seres humanos.
Hay que reconocer que abundan hoy múltiples formas de solidaridad, con muchas personas implicadas en actividades solidarias. Lo que emerge, en ocasiones, en noticias de la prensa, es solo la parte visible de un enorme iceberg solidario, que sería largo detallar, pero del que todos tenemos alguna noticia a través de familiares o amigos implicados en dichas tareas. Todos comparten la opinión de que los primeros beneficiados son ellos mismos. Todos tenemos la experiencia de que, cuando atendemos a una persona que nos necesita, estamos haciendo diana con nuestra vida. Y es que cuidar a los demás nos hace humanos. Venimos hechos de fábrica para amar, para servir, para hacernos cargo de los demás.
Se suele afirmar que lo propio de la madurez humana es pasar de la pasión, es decir de ser esclavos de nuestras pasiones, a la compasión, tomando la palabra “compasión” en su sentido más profundo, esto es, “sufrir con”, como explica el filósofo navarro Aurelio Arteta. Pues todos estamos a tiempo de ejercitarnos en tareas solidarias, por pequeñas que puedan parecer. Es cuestión de informarse, de preguntar, y de ponerse manos a la obra: acompañar a una persona que está sola, dedicar tiempo a actividades parroquiales de caridad, contribuir económicamente, de acuerdo con nuestras posibilidades, a sostener iniciativas de diverso tipo... Como escribe un sacerdote y poeta polaco: “Apresurémonos a amar a las personas, ya que desaparecen tan pronto, dejando solo tras de sí unos zapatos y un teléfono que no contesta” (Jan Twardowski).
El papa san Juan Pablo II repitió de modo incansable que la riqueza de un pueblo se mide por su preocupación por los más necesitados, por compartir con ellos lo que se posee. La solidaridad, en suma, es un compromiso firme y perseverante por procurar el bien común. Y se encuentra en las antípodas del egoísmo. Hoy existen nuevas formas de nombrar el interés egoísta. Muchos dicen querer ser fieles a sí mismos, por encima de los compromisos con los demás, poniendo lo que llaman “realización personal”, “autenticidad”, como meta máxima de su vida. ¿Quién podría objetarlo? Pero todos sabemos que, tras esos planteamientos, subyace a veces un afán de centrarse en uno mismo y olvidarse del resto del mundo. No es fácil darse de baja del egocentrismo. Sobre todo cuando cunde, como hoy en día, la convicción pagana de que una persona sin éxito social o profesional, sin buena imagen física (gimnasio), ni vale algo ni puede ser amada. Por eso dice el poeta: “Hay quien vive y quien muere / sin enterarse siquiera / de todo el amor que debe” (José Luis Tejada).
Los cristianos conocemos, además, un cauce de solidaridad eficacísimo: la llamada comunión de los santos, que recitamos en el credo. Sabemos por la fe que, a través de la oración y de las buenas obras, realizamos un servicio y una ayuda que, por canales misteriosos de la gracia, alcanza el corazón y la vida de quienes, vivos o difuntos, padecen tribulaciones o se encuentran más necesitados de nuestra ayuda. Seamos generosos: seremos los primeros beneficiados.