El boca a oreja

Ignacio Janín

Publicado el 28/08/2024 a las 07:32

Hace algún tiempo y en entrevista efectuada por una revista de gran tirada, alguien, profesional de la tecla, decía que sus lectores habían contribuido probablemente al éxito de venta de sus novelas por medio del ‘boca a oreja’. Esta expresión, que ya en el texto aparecía entrecomillada como reconociendo su falta de ortodoxia, viene utilizándose con tal frecuencia que no parece que pueda erradicarse del habla habitual, pese a cuanto se ha dicho y escrito sobre su incorrección y falta de sentido.

Quien la descubrió tenía que tener algo de listillo, pero, sobre todo, de pedante. Seguro que, cuando la mencionó, no querría expresar nada distinto del ‘boca a boca’ de toda la vida, que, según el DLE, significa “verbalmente o de palabra”. Que algo haya alcanzado fama, buena o mala, gracias al boca a boca quiere decir que, si sucedió tal cosa, es porque lo que dijo alguien, otro lo repitió y otros más lo difundieron y propalaron hasta obtener esa notoriedad.

Claro que eso era así -y todo el mundo lo entendía- hasta que llegó el sabiondo, que enseguida se percató de que ‘boca a boca’ era también una técnica de respiración artificial y pensó que, si a una cosa tan importante como ésa se le llamaba practicar el boca a boca, no se le debería llamar del mismo modo a una insignificancia como la de extender un rumor. Pero es que al mismo tiempo se fijó en que, si para hablar utilizamos la boca, para oír no, porque lo hacemos -oh feliz descubrimiento- ¡con la oreja!, cosa que probablemente nadie habría notado hasta entonces. Sin dudarlo un momento, habría decidido que había que sustituír ‘el boca a boca’ por ‘el boca a oreja’, con lo que mataba dos pájaros de un tiro: impedía que una cosa se confundiera con otra y reflejaba fielmente la transmisión fónico-auditiva, tal como se daba en la realidad. Todo quedaba, pues, perfectamente resuelto.

Todo, salvo quizá el pequeño detalle de que el sentido original de la expresión no es ya que se distorsionara, sino que justamente se invertía, porque acababa diciendo exactamente lo contrario de lo que inicialmente se pretendía decir. Si ‘el boca a boca’ es una expresión volandera que sugiere aventamiento y difusión, ‘el boca a oreja’ invita a imaginar todo lo contrario, una celda cerrada sin salida o, mejor todavía, una estación término, donde las vías mueren y el tren ya no puede seguir. En nuestra infancia, cuando, sentados a la mesa, los niños nos hablábamos al oído, siempre había quien decía aquello de “cuenticos a la oreja, cuenticos de vieja”, cuya traducción pedagógica era: “niños, hablad en voz alta para que lo oigamos todos”. Porque naturalmente hablar a la oreja suponía decir en secreto algo de lo que nadie más debía enterarse. Que es justo lo contrario de lo que significa el boca a boca. Con secretos a la oreja, pocos negocios habrían alcanzado popularidad, pocos autores habrían triunfado y casi nada o casi nadie habría llegado a la fama. 

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