¿Solidaridad infinita?

María Jesús Arrondo

Publicado el 27/08/2024 a las 07:31

Hablar de inmigración es un tema complicado porque rápidamente aparecen las palabras racista, insolidaria, fascista. Ni siquiera muchos medios de comunicación dan espacio a estas opiniones porque son muy incómodas y muy sensibles en la actualidad. Nuestro país ha sido un claro ejemplo de emigración. A finales del siglo XIX y principios del XX era la época de los indianos, que salían de Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco… a lugares como Cuba y países sudamericanos. Algunos hacían grandes fortunas. Luego edificaban en sus pueblos de origen casonas y palacetes que aún hoy se pueden ver. Otros tenían menos suerte y vivían como podían lejos de su tierra. Después de la Guerra Civil también hubo muchas personas que salieron de España a países como Francia, Alemania, Bélgica… Unas por motivos políticos y otras por pobreza. La mayoría consiguieron vivir trabajando dura y dignamente, dar estudios a sus hijos y, al jubilarse, algunos volvían a sus pueblos de origen. Los hijos, casi siempre, se quedaban en el segundo país. Emigrar no es un camino de rosas. La nostalgia, las carencias familiares, la lengua y el trabajo duro, muy duro, por delante les hacían dudar de la decisión tomada. Hablo de una familia que conozco. No había ayudas para los que llegaban: la Cruz Roja como mucho, y conocidos españoles que les echaban una mano. La inmigración actual no tiene nada que ver con la anterior. Llegan en pateras diarias. Los acoge la Cruz Roja y les hace la primera revisión. Luego los trasladan a un albergue saturado, por ejemplo en la isla de El Hierro. Los latinoamericanos llegan en avión a Madrid o Barcelona. Saben de algún conocido que les va a ayudar, por ejemplo en Pamplona, pero que luego los deja en la estacada con cuatro niños en la calle. Y claro, tiene que intervenir la policía, por pena, y los servicios sociales, por obligación. Pero no son casos aislados. Las pateras llegan y llegan y llegan. Y los latinoamericanos llegan y llegan y llegan. ¿Hasta cuándo? No hay recursos para todos. ¿Que reagrupen en distintas comunidades a todos los que no pueden atender en Canarias soluciona algo? Muy poco. Tudela, según en qué zonas, parece Marruecos. Hay robos y altercados frecuentes y la policía se siente impotente. Los detienen y al día siguiente están en la calle. El gobierno tendrá que pensar en algo más eficaz, porque las llegadas no cesan. Es un problema de toda Europa, no solo de Canarias y de España. Habrá que tomar medidas que ni siquiera son fáciles de describir, pero que mucha gente pensamos y sabemos cuáles son: controlar a las mafias que los engañan, controlar a las ONGs que los alientan para llegar a un lugar en el que no tienen futuro. Y en el mejor o en el peor de los casos, frenar las entradas, porque esta situación es insostenible. Ni soy racista, ni soy fascista, ni soy insolidaria. Soy realista. He colaborado con distintas entidades sociales durante mucho tiempo, pero ahora no veo sentido a seguir haciéndolo. La inmigración no es un problema de colaboración ni de solidaridad. Es un problema muchísimo más complejo.

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