La verdad esquiva

Arturo Lecumberri Martínez

Publicado el 08/08/2024 a las 08:38

Habita en reductos de cada vez más difícil acceso. Es esquiva, sibilina, escapa y se difumina entre mareas de información que golpean la razón en bravo oleaje. Hoy, aún con gran esfuerzo, es difícil encontrarla fuera de algunos reductos que todavía no han caído como son la ciencia bien ejecutada o algunas formas de pensamiento y vida que empiezan a tornarse anacrónicas en un devenir tecnológicamente desbocado. Hemos dejado de buscarla en el presente para sumirnos, algunos, en los espectros del pasado y su melancolía, para convivir, otros, con los demonios del futuro y su angustia. En tremenda paradoja también hemos dejado de mirar con respeto y orgullo el tiempo anterior que nos susurra quiénes somos y el tiempo que vendrá en el que antaño nos proyectábamos para desear ser mejores.

De una manera lenta y progresivamente líquida, los pilares de certezas que sostenían la existencia del hombre se diluyen en océanos de posibilidades, promesas inmediatas, comodidad y un voraz progreso que nos ciega de derechos y nos mantiene en un estado pétreo: Incapaces de cerrar decenas de puertas, ignorantes incluso de nuestras preferencias, de nuestra dirección en la vida y vendidos como el navegante que no conoce su destino y por tanto no puede aprovechar los vientos que más le convienen.

Incluso las mentes maduras y asentadas sucumben a la duda de lo que anteriormente era certeza, mientras que en las inmaduras en busca de sí mismas impera una confusión generada por un bombardeo bien orquestado de pseudoidentidades vacías, distorsiones históricas y exactas dosis de miedo al futuro. Se descubre entonces el coctel perfecto para una anulación de una parte de la juventud que acabará por sentirse cómoda en una sedada existencia de compra de placeres inmediatos y venta de pensamiento crítico.

Escondida y sepultada entre toneladas de ruido y desinformación, ella sigue ahí y es nuestro deber seguir en su búsqueda y salir a su encuentro ya que sin ella estamos condenados a una existencia ciega, vacía y sin verdadera libertad.

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