Errores de ayer y de hoy

Rafael Blasco García

Publicado el 06/08/2024 a las 08:48

La vida, tan bella y onírica como un cuadro de Giorgio de Chirico, acaba siendo una compleja red que el hombre se empecina en tejer con los errores de ayer y de hoy, hasta terminar atrapado en ella. Los mayores equívocos y fracasos de la inteligencia son las guerras, que conllevan la destrucción del espíritu humano. Quienes las hacen no hablan de matar hombres, mujeres y niños; quienes hacen las guerras masacran limpiamente mapas y maquetas, y los acueductos de la sangre no pasan por sus conciencias. Así se hacen los imperios, muerto a muerto, disparando presupuestos de fuego que rinden culto a la aberración humana y a su negro repertorio en el que hay seres que amanecen a la muerte antes que a la vida. Se desangran los niños como lirios, sin que la náusea haga vomitar al mundo.

Vivimos tiempos en los que el pensamiento reflexivo tiene poco espacio para hospedarse en el individuo. Decía Paul Valéry que “la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran”. El grito lejano del humano dolor no impide que nos veamos atraídos, como el hierro al imán, por las banalidades que nos rodean. El hombre deja muy pronto atrás el virginal y movedizo tiempo de la infancia, y sus indelebles recuerdos no le impiden tejer un viviente tapiz, lleno de errores, como telón de fondo de un mañana encadenado a la fragilidad de la paz. Vienen tiempos grises en los que no sirve nacionalizar el sol para que a todos nos caliente.

El mundo pierde su melodía en aquellos lugares donde no reina esa paz que los alegóricos presentan en blanca figura colombina. Pese a todo, continúa el verano arriando sus banderas junto al coro de los mirlos y las raudas golondrinas, aportando puñados de vida y cumpliendo sus promesas, propiciando que miles de seres dejen volar el amor para verlo posarse sobre un nombre que les acelerará el pulso. Nos vemos colmados de realidades menudas que nos invitan a la vida encendiendo el hermoso fuego del alma y llenando de luz sus interiores desvanes. Hoy el ser humano, cansado, indiferente y escéptico, sorprende poco, pero hemos de tener el espíritu dispuesto a comprar cara la plata de cada noche de luna que nos brinda la vida, dándonos la oportunidad de encontrar tiempo y espacio para serenar nuestras preguntas en un criterio personal y político, en una voluntad de acción y de aspiración que nos redima en las mil tareas de la lucha por la existencia.

La política es algo que, como en el amor, hay que hacer ahora mismo, sin más demora, sin perder el tiempo en ese limbo de Madrid en el que el presidente del Gobierno muestra un socialismo artrósico, mientras baila torpemente una sardana que le va arrastrando hacia el tanatorio de la política. Hoy el socialismo, lejos de aquella estampa de cabrero lorquiano, anda trepando con evidente desparpajo las luminosas farolas del capitalismo y generando un sosegado desencanto que deja al ciudadano en nadie fuera de su intimidad. Mueren los diálogos de Platón en el monólogo autista de un gobierno que ha llegado a creer que todas sus palabras son “divinas palabras”. El final del verano vendrá con su melancolía; dejarán de cantar los grillos y de brillar las luciérnagas; las bandadas de aves atravesarán los cielos y, nuevamente, nos cuestionaremos nuestros errores y nuestra humana obligación de enmendarlos para transmitir valores limpios a nuestros hijos. La actitud ante la vida nos puede permitir llegar al final del recorrido con una ilusión inédita todavía, y con una esperanza en el ser humano.

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