Olimpiadas y guerras

Jesús Jáuregui Gorraiz

Publicado el 02/08/2024 a las 08:07

Se está celebrando la XXXIII olimpiada -guarismo que recuerda a la edad de aquel hombre que es la base de esta sociedad occidental-, bajo la advocación de “Juegos olímpicos París 2024” -el anagrama es simple y facilón-, y una demostración de medios audiovisuales y de comunicación como nunca se habían utilizado en la historia de las Olimpiadas, desde hace más dos mil años. El discurso de Thomas Bach, presidente del COI, en la ceremonia de inauguración fue una recopilación de frases ampulosas, sin orden y sin ritmo. Pero, sobre todo, no hizo mención a las guerras que no van a cesar durante la celebración de los juegos universales, como era el deseo y el ruego en el origen de las Olimpiadas, en una sociedad que atisbaba la falta de ética en la celebración de los juegos y el mantenimiento de los enfrentamientos entre las mismas naciones que se medían en el deporte. Tony Stanguet -al fin y al cabo fue un deportista- fue más emotivo en sus mensajes más cercanos a lo humano y a la empatía que se genera entre los deportistas intervinientes. Hubiera sido un buen momento para exigir el cese de las acciones bélicas, al menos durante el tiempo que iban a durar las pruebas olímpicas. Más aún, aceptar la intervención de los deportistas rusos a cambio del cese de los bombardeos y la invasión de Ucrania. Y, por qué no, expulsar a la representación de Israel en tanto y cuando no se respeten las normas internacionales en la protección de colectivos minoritarios como los gazatíes. Liberté, égalité, fraternité. No hay libertad sin igualdad, ni fraternidad sin solidaridad. Es muy sencillo, el lema es “todo en uno”. Y sobre todo, “para todos”, principios universales. Y las guerras son el absurdo de estos principios. Es inconcebible gritar estas tres palabras en el escenario en que se idearon e impulsaron y callar ante la crueldad de las guerras que se están produciendo a no más de cinco mil kilómetros de distancia. Hermosas las celebraciones llenas de luz y de música -espectacular la reproducción en vivo de cuadros como “La última cena” de Leonardo da Vinci-, el recorrido por los lugares llenos de cultura, de literatura -Cortázar, Víctor Hugo, Balzac-, de plástica, de arquitectura. Tal vez, un tanto lentas las transiciones durante el recorrido, pesadas incluso. Pero, insisto, las guerras que no cesan mientras los juegos universales presentan un estado de felicidad y progreso en todos los países que compiten, sean los ucranianos como los israelíes, los del primer mundo como los de mundos en constante migración, países donde se oculta la libertad a sus habitantes como países donde se camufla la igualdad inexistente de sus gentes. Un mundo del absurdo el que se nos muestra en nuestras pantallas.

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