Afrontar las dificultades

José María Montes Andía

Publicado el 01/07/2024 a las 07:30

Es frecuente que psicólogos, profesores, educadores en general, se quejen de la escasa resistencia que muestran los adolescentes y jóvenes ante las dificultades que la vida trae consigo. Un clima generalizado de buenismo y de “mermelada sentimental” (Gregorio Luri) parece estar de moda como método educativo. El resultado termina siendo el escapismo ante cualquier contrariedad, cuando no la huida a paraísos artificiales, sea el alcohol (buen reportaje, por cierto, el de este Diario del pasado lunes), las drogas, los ansiolíticos, etc.

Pienso que esas soluciones artificiales no resuelven el problema de fondo. Como escribe el novelista Luis Landero, “la realidad persigue y castiga siempre al fugitivo”. Compensa educar, desde la infancia, a personas que sean capaces de afrontar dificultades, inconvenientes, contrariedades, conflictos, problemas, obstáculos, que nos pueden surgir a lo ancho de nuestra vida. Una de las mayores dificultades que uno se puede encontrar en el camino puede ser la dureza del propio corazón, clave para entender lo que nos sucede y poder integrarlo en el relato de nuestra existencia. Los obstáculos de la vida no vienen solo de fuera, sino que también se encuentran en uno mismo. Las olas del orgullo y la soberbia solo se vencen con humildad y el realismo de aceptar las cosas como vienen dadas. La apertura del corazón y, para los creyentes, la confianza en Dios dan al hombre una comprensión más profunda de las cosas.

Evitar el endurecimiento del corazón está en parte en nuestras manos, aunque la vida nos presenta sus retos. No somos los únicos destinatarios del mal del mundo; no somos los únicos que tienen obstáculos, dolores y carencias. Y es ese deseo de acudir a suplir lo de los demás, lo que abre nuestro corazón, lo que nos ayuda a caminar por esta vida con alegría, incluso en medio de las dificultades. Quien abra su corazón, echará de él todo tipo de miedo, porque el miedo viene de sentirse solo y un creyente nunca se siente solo.

Las dificultades pueden ser problemas de trabajo, económicas, enfermedad, controversias entre familiares o amigos. Es muy importante vivir bien la unidad familiar. En la familia, las alegrías se multiplican y las penas se dividen. En no pocas ocasiones, casi todas las dificultades se convierten en un campo propicio para la educación de virtudes esenciales para el desarrollo personal: confianza, humildad, sobriedad, ayuda mutua, etc. Digna de mención es la virtud de la paciencia, parte de la fortaleza, y que Ratzinger la definía como “la forma cotidiana del amor”. La paciencia es una característica del Dios de la historia de la salvación. Este es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia.

El mundo -afirma la fe cristiana- se salva por el crucificado, es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres. Como consecuencia práctica, la paciencia conduce a saber sufrir en silencio, a sobrellevar las contrariedades que se desprenden del cansancio, del carácter ajeno, de las injusticias, etc. La serenidad de ánimo hace posible que nos hagamos todo para todos y adaptarnos a los demás: “Con vuestra paciencia, poseeréis vuestras almas”, afirma Jesús.

Existen unas dificultades cotidianas que exigen cierta dosis de energía para afrontarlas debidamente, y poner en práctica hábitos como el orden y la serenidad, con perseverancia, generosidad, responsabilidad, tesón. En una jornada cualquiera se presentan situaciones en las que se precisa un buen acopio de coraje y de paciencia. No vamos a enumerarlas, son muchas las ocasiones, pero para superarlas y no perder la alegría, la fortaleza nos ayudará siempre y venceremos en los retos pequeños y grandes. Si no lo hacemos así, nos saltará pronto el mal humor y es fácil que después no sepamos ser amables, ni sonreír, ni hacer un favor.

Terminamos recalcando la perspectiva positiva del valor de las dificultades, considerando estas como oportunidades de aprendizaje y crecimiento, sabiendo que también nos permiten desarrollar resiliencia, empatía y comprensión hacia los demás. Las dificultades nos enseñan a apreciar lo que tenemos y a buscar soluciones creativas. En última instancia, superar obstáculos nos fortalece y nos ayuda a desarrollar y alcanzar nuestro potencial: a lograr la mejor versión de nosotros mismos.

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