Vidas en una piscina cubierta
Publicado el 25/05/2024 a las 08:27
Mediodía. Había empezado a nadar y ya me encontraba meditando en una sucesión de sonidos de agua cuando, de repente, me fijé en un señor que estaba sentado en el bordillo. Me paré a mirar el esfuerzo y el tesón que ponía en la manipulación de un tubo de respiración.
Seguí nadando aunque lo miraba a ratos. En realidad, ya no miraba: admiraba esa paciencia y esa perseverancia en el temblor de sus manos. Me acerqué y le ofrecí ayuda. Lo hice con cierto reparo: quizá no la necesitaba, quizá le molestara. Se dejó ayudar, así que aflojé la cinta, se la coloqué en la cabeza y le ayudé a meterse en la boca el extremo del tubo de respiración. Después, le ayudé también con el gorro. Apenas hablamos. Ya está. Levantó el dedo pulgar indicando que todo estaba “OK”.
Volví a nadar. Compartimos brazadas durante veinte minutos y después salió de la piscina a su ritmo. Me volví a acercar, ya con algo más de confianza, y le ofrecí ayuda de nuevo. Me dijo que no hacía falta, que podía él solo. Le pregunté su nombre. Eusebio va a nadar a la piscina cubierta de Gorraiz desde Pamplona. Lo hace en autobús. Se va despacio y seguro. E imagino que mejor de lo que entró. Ahora, cuando nado, pienso que la piscina es una metáfora del ciclo de la vida. Un lugar que nos acoge a lo largo de ella. En todas nuestras versiones, en todas nuestras edades. A las mujeres embarazadas, meciéndolas para acunar a los hijos que van a nacer. A los niños, enseñándoles a sobrevivir, a vencer el miedo. A los jóvenes, enseñándoles a superarse. A los adultos que nadan despacio, enseñándoles a disfrutar del lento paso del tiempo. A los enfermos, cobijándolos en un lugar seguro.
Ahora que la piscina cubierta de Gorraiz puede desaparecer por una decisión de su Consejo de Administración pienso en Eusebio. Y en todos los que, de alguna manera, necesitamos esa piscina. Ojalá permanezca abierta.