Una política de arte y ensayo

Rafael Blasco García

Publicado el 25/03/2024 a las 07:24

Entre las doradas piedras de la Universidad de Salamanca sigue vagando la célebre cita “decíamos ayer” que siglos atrás se pronunció en sus aulas, recordándonos que ya no decimos nada porque todo se dice desde el tándem conformado por Sánchez, aspirante a estadista, y Puigdemont, ese De Gaulle catalán cuyos órdagos muestran conocer bien el juego del Gobierno. Hay en el ambiente una conciencia de tiempo histórico en involución que se oscurece tras la Puerta de los Leones del Congreso. La política abstrusa que nos venden tiene un mal guion de arte y ensayo. Este segundo socialismo español, tan verecundo, es un auténtico bebedero de patos y, con las cenizas y la alegoría de un comunismo ignaro, reivindican cada día que la vida es de izquierdas, pero enseñan tanto la patita por debajo de la puerta que dejan ver su vocación de burgueses; hace ya tiempo que estos socialistas se apartaron de la pana, se fueron alejando de sus votantes y abrazaron la estética de Armani. Aquí, en las Españas, los ministros del Gobierno, a los que se les ha puesto en la Moncloa su necesario marchamo, empiezan a perder serrín por las costuras. La verdad pasa como ave audaz, a la que no nos da tiempo de reconocer, sin posarse ante la mirada de esta nación de nacionalismos en la que los deseos independentistas constituyen un erotismo político muy difícil de controlar para que no degeneren en pornografía política. La carencia de una sensible y buena rutina política aplicada a los problemas nacionales produce continuos ramalazos heterogéneos, episódicos y efímeros que no logran conformar una suma positiva para nuestro futuro. La suerte del Gobierno es tener enfrente a una derecha tan pasiva que espera ver caer las brevas de la higuera por su propio peso y sin mediar esfuerzos. Se juega al exorcismo nacional o nacionalista, con un presidente que va ofreciendo su alma, como un muestrario, dejando ver toda la gris epopeya vigente que se está desarrollando. Aquí, en las Españas, nos preocupan unas políticas educativas que precisan atención urgente, una sanidad pública claramente mejorable y una infraestructura laboral que no empuje a nuestros jóvenes al extranjero. Nada nuevo bajo el sol; estamos ante una realidad prosaica y mediocre que paraliza la batalla contra los molinos de viento, en estos tiempos en los que crece la idea de un Dios que se esconde todos los días en los agujeros negros del universo, mientras el mundo mantiene cruentas guerras y sigue realizando un viaje al fondo de la depravación humana. Son demasiadas las sonrisas de interés, de codicia o de sumisión, sonrisas que en el escenario político enseñan los colmillos que el adversario intuye que intentarán clavarse en su yugular. Sumidos como estamos en la soledad, en el desamparo de valores comunes y tradicionales, no nos sentimos protegidos por el respeto al hombre ni encontramos sombra placentera en el huerto electoral, quedándonos como alternativa la rebelión de los valores o el victimismo. Se da entre nuestros políticos un odio autóctono propio de la estirpe de Caín, impidiendo ver que la salvación de nuestra especie siempre ha dependido de convertir nuestra conciencia en nuestro eje de acero. Nuestra condición humana nos exige implicarnos en un mundo que nos necesita para evolucionar en la paz y poder afirmar que somos seres civilizados. El ser humano utiliza sus ideas como trincheras necesarias para defenderse de la vida; debemos atrevernos a pensar y a poner el pensamiento en acción. En esa caverna última del alma, el hombre sigue buscando al hombre con ilusión y esperanza porque, como escribió Dostoyevski, “vivir sin esperanza es dejar de vivir”.

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