Desde Gibraltar

Carlos Andreu Pintado

Publicado el 14/02/2024 a las 07:24

El domingo dábamos el último adiós a David Pérez, el Guardia Civil asesinado por unos narcotraficantes en las aguas del Estrecho; aguas que veo desde la habitación del hotel en el que me tocará trabajar mañana. La emoción vivida en el funeral será difícil de olvidar. Cuando el féretro cubierto por la Bandera de España salía de la Catedral de Pamplona al son del Himno del Instituto Benemérito, uno de los asistentes, amigo del fallecido, se me acercó compungido y medio sollozando me dijo: ‘No me hago a la idea de no volver a verle’.

En un duelo colectivo como el que vivimos el fin de semana, con ministros, presidentes y muchas autoridades, a veces se nos hurta reconocer el dolor de los familiares y allegados. Los flases y los aplausos pueden llegar a ocultar el dolor de una viuda, de unos hijos o de unos compañeros. Dolor del que nosotros no nos hacemos siquiera una idea.

Al amigo dolorido le conté que en hebreo cementerio se dice bet jayim, que significa ‘casa de los vivos’. En cualquier momento doloroso, provocado por una muerte, especialmente cuando esta es a destiempo, me gusta recordarlo. David ya reposa en ‘la casa de los vivos’. Y estoy seguro que en esa casa hay un lugar especial para los que llegan allí tras entregarse del todo para que el mal no triunfe. Seguirá doliendo. Mucho. Pero quizá un poco menos.

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