La cuaresma, un freno a las adicciones
Publicado el 13/02/2024 a las 07:20
Desde hace ya tiempo, las adicciones y demás comportamientos compulsivos vienen siendo, por desgracia, tema recurrente en los medios de información. Son noticia estos días los proyectos que diversos países, incluida España, preparan para regular el acceso de menores a contenidos pornográficos. Los poderes públicos se van haciendo conscientes de los problemas que acarrea el consumo de ese tipo de productos desde edades tempranas. El uso de móviles, en general y en los centros docentes, es otro tema que hoy se debate tanto a nivel familiar como escolar. Los psicólogos y psiquiatras advierten de diversos desarreglos de conducta provocados por el uso indiscriminado de pantallas. Surgen entidades especializadas en desintoxicar adictos.
Y estando en estas, viene el calendario cristiano y nos dice que llega el miércoles de ceniza, que se nos echa encima la cuaresma, ese tiempo litúrgico de preparación para la Pascua, que tradicionalmente nos habla precisamente de lo contrario de las adicciones: de abstinencia. Abstinencia que significa liberación de apegamientos y esclavitudes; de señorío y de libertad; de hacer hueco en nuestra vida a Dios y a los demás. Solo quien es señor de sí mismo posee la capacidad de entregarse al servicio de los demás, de ser generoso con los más necesitados, en los que descubre al mismo Jesucristo. Si en otros momentos la Iglesia ponía el acento en el ayuno y la abstinencia de la carne, pienso que hoy resulta más difícil y necesaria otra abstinencia, para jóvenes y mayores: la del “pantalleo compulsivo” que lleva a malgastar tantas horas a diario sin otro fin que el de llenar un enorme vacío interior.
Hablar hoy de abstinencia es lo mismo que traer a colación dos virtudes humanas clásicas, arrinconadas y emparentadas: la templanza y la sobriedad, más olvidadas y más necesarias que nunca, para hacer frente al poder de los intereses comerciales que tratan de convertir en un gran negocio nuestras debilidades y apatías. Ser hoy más sobrios y templados es posible si uno se lo propone de verdad. Muchos, en los gimnasios, afrontan metas más costosas todavía. Y, además, a los cristianos nos mueve la ilusión de parecernos a quien se hizo hombre y nos amó hasta el extremo de dar su vida por nosotros.
Por lo demás, el lugar ideal donde se aprende a vivir esas y otras virtudes humanas, es en el seno de la familia, con el ejemplo de los padres por delante. Es el clima familiar de sobriedad, la atmósfera que se respira en el propio hogar, la que nos enseña que no todo lo que uno experimenta en el propio cuerpo ha de resolverse a rienda suelta, a solas o en manada, pasando incluso por encima del respeto a los demás. Sobran, por desgracia, los ejemplos.
Es hora de saborear la belleza de la templanza, virtud afirmativa, que capacita a la persona para hacerse dueña de sí misma, poniendo orden en la sensibilidad y la afectividad, en los gustos y deseos. Educar en templanza y sobriedad genera un clima familiar que se opone a los caprichos que el ambiente y los apetitos naturales nos reclaman. Ese clima familiar que tratan de vivir los padres ¡valientemente sobrios! se transmite como por ósmosis, sin que se tenga que hacer nada especial. Dice un filósofo contemporáneo que “a medida que caen las tradiciones, crecen las adicciones”. Si para muchas personas el calendario cristiano ya solo representa una agenda vaciada de sentido, un sucederse monótono de días marcado por trabajo y tiempo libre, para otras personas, entre las que me cuento, ese calendario de fiestas, y de preparativos para celebrarlas como Dios manda, está lleno de contenido: es una tradición viva que colma de sentido y alegría nuestras vidas. Bienvenida sea la cuaresma.