El pan de Ángela

Juan Cañada Guallar

Publicado el 21/01/2024 a las 08:22

Suelo comprar el pan en la misma panadería de siempre. Además de tener un buen producto, la atención que prestan sus dos empleadas es sensacional. Habitualmente al mostrador está Ángela. Aunque nunca me lo ha dicho sé que le gusta que le deseen un buen día y que le agradezcan el servicio que presta, al fin y al cabo ella es humana y sus clientes también lo somos. Cuando he llegado un poco tarde y el pan se ha agotado, suelo ir a otras panaderías, en ninguna de ellas hay dependientas como Ángela, más que atender “despachan”. Siempre me hago el mismo propósito de no volver a esas panaderías, no sólo por que el pan no es tan bueno, sino, sobre todo, por la falta de atención.

Sin embargo, no quería escribir sobre Ángela y la competencia, quería hacerlo sobre el pan, algo habitual en nuestra dieta mediterránea, el pan diario que han amasado y horneado de madrugada. Con frecuencia me viene a la cabeza lo que viví en una escuela en una aldea de Kenia, Gitugu, en el Valle de Muranga, uno de los lugares más bonitos del mundo. La madre de mi buen amigo Moses Mutaka vivía allí. Como siempre que voy a Kenia le pido hacer una pequeña excursión para visitarla. La pena que me dará cuando regrese este año y ya no esté en casa. Se fue al cielo unas semanas después de mi última estancia. Moses me pidió que visitara la Escuela de Educación Primaria que hay muy cerca de la casa de su madre, en esta ocasión no quería ir con las manos vacías, es por lo que en Muranga compramos unos refrescos y unas bolsas tremendas de pan de molde, de los que habitualmente usamos para hacer unos sándwiches. Con la ayuda de Odhrán Kennedy, un cooperante irlandés que se ofreció a trabajar en estos proyectos, distribuimos a los niños una botellita de un refresco de naranja y cuatro rebanadas de pan de molde. Lo que más me llamó la atención fue la voracidad con que los niños “atacaron” el pan. Para un occidental es algo inusual tomar este tipo de rebanadas a “palo seco”, siempre se suelen pasar por la tostadora y posteriormente añadirles mantequilla, queso, jamón o mermelada. Descubrí que para los niños esas rebanadas eran un manjar que casi nunca tienen la posibilidad de probar, por eso, cada vez que como del pan que me vende Ángela, me acuerdo de los niños del Valle de Muranga y de la alegría con que lo comparten, lo comen y agradecen.

Juan Cañada Guallar, impulsor de Proyectos de Cooperación al Desarrollo en África.

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