Los invisibles
Publicado el 15/01/2024 a las 07:19
He buscado el adjetivo invisible en el diccionario y he leído su definición, a saber, “que no puede ser visto, que rehúye ser visto”. Vivo en lo viejo de Pamplona desde finales de agosto del año 2022. Y caigo en la cuenta de que existen a mi alrededor personas invisibles y no, no se trata de ciencia ficción. Sí, viven a nuestro alrededor, en nuestra propia ciudad, en nuestro propio barrio y a veces incluso en nuestro propio edificio. Las personas invisibles son muchas; son aquellas cuya existencia ignoramos porque no pueden ser vistas o porque rehúyen ser vistas. Atrapados como estamos en nuestra rutina diaria y nuestros problemas, apenas reparamos en ellas. A veces se cruzan con nuestra mirada buscando una sonrisa, a veces nos dicen unas palabras para hacernos sentir menos solos, incluso nos molestan un poco. En esos breves momentos podemos verlas, pero enseguida olvidamos que esas personas existen de todos modos. Las personas invisibles no son sólo las que viven al margen de la sociedad. También viven en medio de la sociedad, pero de manera invisible. Por supuesto, la mayoría de nosotros ignoramos su existencia, en el sentido de que no nos preocupamos demasiado por ellos. Los invisibles son los individuos que realmente no parecen existir para nadie, son a menudo los más indefensos, los que ni siquiera pueden pedir ayuda. Por desgracia, parece que hoy en día estas personas van en aumento. Seguramente podemos culpar a la creciente crisis económica y a los tiempos de complejidad y dificultad que atravesamos. Sin embargo, me parece que en todo esto también hay culpa individual por la creciente incapacidad de las personas para preocuparnos de los demás y por los demás.
Abrir los ojos y permitirnos volver a ver… es la tarea de ayer, de hoy, de mañana. Mirar la realidad y dejarnos mirar por ella. También aquella realidad invisible. Sí, me digo a mí mismo, todo fluye rápido y evoluciona velozmente. Sin embargo, hay alguien que está muy cerca de mí pero que no se ve, que se ha ocultado o mimetizado, y que ya no percibo. Hay personas que no han conseguido vivir según lo que la historia nos ha enseñado que debe ser una vida “digna de ser vivida”. Hay alguien que ha roto, quizá hasta incluso inconsciente e involuntariamente, los esquemas clásicos y se encuentra encerrado en un rincón de la existencia con la certeza de que se ha convertido en alguien invisible.
Existen, están ahí, pero sólo muy pocos saben que existen. Quizá ni siquiera sus familiares más cercanos. La realidad invisible es la realidad escondida, oculta. Es también la realidad de aquellas personas que se han rendido a su suerte y huyen de la normalidad, no porque no sean normales sino porque no hay sitio para ellos. Son los que se han quedado fuera de toda dinámica pública, social. Es como en un aparcamiento frente a un estadio donde se celebra un concierto. Si el aparcamiento está lleno tienes que esperar, o ir a otro sitio; pero si no tienes gasolina para ir a otro sitio entonces te vas a casa, sobre todo después de ver que algunas plazas de aparcamiento habían quedado libres pero eran “plazas reservadas”. Uno se da cuenta en ese momento de soledad, de abandono, de vergüenza, de frustración de que el espectáculo que quería ver está a punto de terminar, y pronto terminará, y el invisible se encierra en casa mientras otros miles viven y disfrutan a tope de ese estupendo espectáculo llamado “vida”. A estas alturas, los “invisibles” tal vez ya lo han asumido y se han resignado a su suerte. Quizá también sus familiares y quizá incluso ese último amigo sensible que sigue espoleándoles y dándoles esperanzas. Todo en vano. Ser visible es también hacerse útil, sentirse parte de un espacio y de un tiempo que compartimos con otras personas. Abres la puerta y hay un mundo fuera con objetivos, resultados, propuestas, éxitos, fracasos y dinero que tiene que entrar en tu bolsillo, si no, no eres nadie porque no eres visible. Atrás quedaron los tiempos en los que se vivía sólo de cebolla y de pan. Hoy es necesario ser visible, ser alguien para alguien, trabajar y ganar, caerse y luego levantarse, lo que significa fracasos sí, pero luego éxitos. En cambio, cuando la vida empieza a precipitarse desastrosamente con fracasos, puertas cerradas, humillaciones constantes, miradas desconfiadas, palabras hoscas, entonces la vida de muchos de nosotros se apaga y no vuelve a encenderse. Se vuelve anónima. Invisible.
Nos hemos creado una sociedad en la que nos apegamos a los ordenadores, a las salas de chat, a las redes sociales, con nombres quizá falsos, e intentamos vivir en el mundo virtual, inventando extraños personajes que en la realidad virtual parecen fabulosos y exitosos, pero que cuando los conocemos son tímidos, feos, frustrados, debilitados por dentro y por fuera por una vida que ha ofrecido muy poco en el mundo real. Así que más pronto que tarde ni siquiera el mundo virtual es suficiente pero es gratamente distraído, entretenido y divertido.
Todo va en detrimento de los “invisibles”, que existen, que siguen viviendo, pero a los que nadie ve: se llaman María, Teresa, Cristina, Pablo, José, Francisco,… Una vez tuvieron nombre propio para alguien. Ahora son anónimos. Como mucho, forman parte de algún tanto por ciento de no se sabe qué estudio sociológico. Son todos aquellos que están viendo el mundo en la televisión, ese mundo que ahora sienten realmente tan lejano y que no es el suyo. Un mundo hermoso que más o menos tiene sentido, para los demás, pero no para ellos. Mientras tanto, el tiempo pasa y los distintos invisibles permanecen invisibles. A veces caminan por la calle inmersos en su irrealización pero nadie les ve; el sinsentido de sus vidas ya se percibe en su forma de andar, de vestir, de mirar la calle con los ojos bajos entre agotamiento y temor. Y quién sabe por qué al cabo de unos años incluso su salud física empieza a fallarles, mucho antes que a los demás. Alguien escribió hace mucho tiempo mens sana in corpore sano.... Seguramente lo contrario también es cierto.