Llevemos un silbato por el campo

Ana Ozores Leoz

Publicado el 28/10/2023 a las 08:15

Soy montañera habitual. Y llevo siempre un silbato colgado de la mochila: porque si me encuentro un animal que va a atacarme, puedo asustarlo. Porque si me quedo en una zona sin cobertura móvil o se hace de noche, puedo identificar mi localización en un radio significativo.

Es un elemento sencillo, barato, no digital, ligero y muy muy muy útil. Escribo esto por ese suceso terrible que ha ocurrido en Zamora, en el que cinco perros pastores han destrozado a una joven. Es lamentable que los dueños de los perros (tengo dos de caza adoptados hace diez y ocho años, hablo con conocimiento de causa) los tengan con semejante despreocupación intuyendo (y todos intuimos, como poco, el carácter de nuestros perros y, sobre todo, para qué los hemos entrenado y educado los dueños) que pueden dar un problema. En esta ocasión ha sido una tragedia. Que también puede suceder en Navarra. Y voy a contar mi caso concreto porque ahora me arrepiento de no haber llamado a Seprona en su momento.

La pasada primavera me acerqué a Loizu, tras haber leído mucho en los medios sobre los restos humanos más antiguos de Navarra. Un hallazgo magnífico que me llevó al pueblo para buscar la ruta hacia el lugar en el que se encontró. Vi la señal en la localidad (es muy pequeña y apenas llegas, encuentras el poste indicativo) y acto seguido, vi correr hacia mí una familia completa de pastores vascos, de color claro y tamaño grande. Venían sueltos, excitados y ladrando con inequívoca expresión amenazante. Tiré de silbato y huyeron. Los pitidos fueron numerosos y bien sonoros; ningún vecino apareció.

Salí corriendo, llegué al coche (en el alto de la bifurcación hacia el pueblo, viniendo de Erro) y olvidé el susto tan pronto como pude. Hoy sé que lo tenía que haber denunciado para que no volviera a sucederle a nadie. ¿Y si no hubiera llevado silbato?

Es habitual que los perros estén sueltos en los pueblos y sean más agresivos que los de ciudad porque para ello están enseñados: para defender del animal, del ladrón, del ataque al ganado o a la propiedad. Pero no pretendamos luchar contra la despoblación, fomentar el turismo en áreas rurales, dar gubernamentalmente difusión a lugares para conocimiento y visitas de gente de fuera, y que al llegar, los extraños para esos animales, nos encontremos con dueños absolutamente desentendidos de su potencial peligroso. Pensamos que nunca pasará nada grave, más allá del susto, pero hemos visto que el incidente puede tener el peor de los desenlaces.

El dueño de los perros de Zamora había sido avisado de incidentes anteriores, dicen los medios. No hizo nada. Y es que a veces dan ganas de pensar que los de fuera molestamos la calma y la endogamia de ciertos pueblos y que incluso quienes habitan allí prefieren que los perros nos ahuyenten. Y, por supuesto, que hay dueños que educan y mantienen a sus animales en orden, igual que algunos recogemos sus excrementos en las ciudades y otros no.

Pero el acento hay que ponerlo en quienes no lo hacen porque puede costar una vida. La territorialidad agresiva no es buena en animales, pero suele ser un trasunto de los humanos. Revisemos conductas y tradiciones si queremos que el clivaje urbano-rural desaparezca. Y lleven un silbato, por favor.

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