¿Desbroces anti-incendios?

Jesús Ibarrola Miguel

Publicado el 19/10/2023 a las 07:29

He estado paseando por las faldas del monte que protege a la localidad de Zalba. Y me han sorprendido los trabajos de limpieza. Están autorizados y su finalidad es actuar como cortafuegos, pero me suscitan una opinión subjetiva: estupor mezclado con rabia al ver cómo se ha arrasado -literalmente- con el bosque bajo y con todos los árboles nacientes que había en él: no solo con los muy proliferantes pinos, sino también con hayas, encinas y algún roble. Durante kilómetros, dirección Norte.

Se están llevando a cabo con máquinas de gran tonelaje de manera indiscriminada para dejar una gran superficie que actúe como zona en la que no se propague un incendio, en caso de que lo haya. Los trabajos continúan a destajo estos días por si alguien quiere comprobarlo. Indiscutiblemente los montes deben estar limpios, pero existen otras técnicas más selectivas, que priorizan el respeto a las especies autóctonas y también a los suelos, que ahora mismo han quedado expuestos en ciertas laderas que, con lluvias abundantes, acabarán por deslizarse sin vegetación que las contenga. Por no hablar del número de aves y otros animales que habitaban ese sotobosque. El cuidado de los árboles ha despertado polémica porque estamos en un contexto de destrucción masiva de los entornos -si hay quien todavía es negacionista, por favor que se dé una vuelta por cualquier zona natural de cualquier lugar de España o del extranjero-, incluso aunque estén protegidos. Y en general estamos acostumbrándonos a una tolerancia con las conductas destructivas inigualable en los últimos tres cuartos de siglo (el sociólogo Anthony Giddens tiene varios trabajos al respecto).

Vivimos en una contienda contra efectos cada vez más imponentes y adversos del cambio climático y eso exige que la defensa de los árboles sea una cuestión pública y de activismo real, no de programas y hojas de ruta teóricos que poco aportan a una realidad que se resquebraja en muchos lugares. También de Navarra: sería un error la autosatisfacción ciega por un patrimonio natural histórico que, una vez fue ejemplar (como Caja Navarra o la sanidad), y hoy se resiente de la parte más negativa de los crecientes impactos turísticos, urbanísticos, vandálicos, extractivos, poblacionales, de cambio climático y otros, como limpiar bosques asolándolos.

Hay que repensar la gestión medioambiental, como otras políticas públicas, porque la realidad exige respuestas más rápidas y complejas de lo que podíamos creer hace veinte años. La gestión de los bosques y montes, igual que la de los árboles urbanos, no puede pasar por llevarse todo por delante para evitar males mayores. De hecho, puede devenir en contraproducente, sin diagnóstico individualizado y sin proporcionalidad, convirtiendo en un destrozo lo que era amenaza de problema. Probemos a conservar con análisis previo, actuación discriminada y criterio individualizado. Cuesta más tiempo, más dinero, más pensar y más recursos. Pero es lo que tienen los retos: no son fáciles. La naturaleza es, a fin de cuentas, la única casa que tenemos, incluso para aquellos que la niegan.

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