La vida antigua
Publicado el 21/09/2023 a las 07:38
A veces uno echa de menos la vida antigua. La vida más real, auténtica, la vida que guardaba estrecha relación con la naturaleza y con el transitar de las estaciones. Una vida en donde las circunstancias se vivían de otra forma y todo se representaba ante los ojos del espectador sin artificios, ni filtros, ni medias tintas. Uno ya que ya va peinando canas, echa la vista atrás y observa con nostalgia el transcurrir de los años. Y va echando en falta la importancia (que se convertía en un acto de fe) de los principios y valores en la que nos educaron nuestros padres. Sí, los valores y el respeto hacia los demás, sin necesidad de conocer su cuenta corriente o su posición social. Echar de menos la vida antigua no está reñido con un pensamiento crítico ante controversias que se vivieron en aquella época, ni con el progreso sobre derechos humanos que se han ido consiguiendo con el paso de los años, como la mejora en la calidad de vida de los trabajadores o la lucha contra el racismo y la xenofobia. La conquista de estos derechos civiles que se han materializado con el tiempo, no son condición sine qua non para la consecución de la felicidad. La conquista de la felicidad es algo más sutil y que tiene que ver los avatares del alma humana, como bien expresaba en su libro el escritor y filósofo Bertrand Russell.
El respeto a los mayores, el cuidado de los mismos en el hogar, la armonía de la que gozaba el hombre en consonancia con la naturaleza y la palabra dada, sí, la palabra dada y el apretón sincero de manos se convertían en un acto notarial en sí mismo. Valores que en la actualidad se encuentran en fase de extinción. Esta sociedad virtual en que uno vive acosado por las redes sociales y por la dictadura de Internet, así como por la individualización exacerbada a la que se ha visto sometido el hombre, no hace sino originar relaciones líquidas que nada tienen que ver con las verdaderas necesidades del ser humano.
En los últimos meses ha transcendido la noticia de que en Australia la última generación de niños no conocen la procedencia de los alimentos básicos. Los profesores deben llevar a los alumnos a los cultivos para que vean in situ la procedencia de los mismos. Con ese reconocimiento visual, los niños desmitifican al instante esa creencia de que los alimentos vienen por la gracia de Dios del supermercado más cercano. Escolares que no han visto en su vida una planta de tomate o un humilde pimiento. Triste futuro les espera algunos de ellos sin conocer el sustrato de donde nace todo.
También uno echa de menos esas meriendas que se organizaban después de las vendimias con familiares y amigos que acudían prestos a alegrar sus caras con el verdor de las cepas, o cuando ya acechando el invierno, llegaban al punto de la mañana para varear los olivos, recoger la aceituna y con qué satisfacción se llenaban los sacos al final de la jornada y se regresaba a casa a lomos del macho. No se trata de un falso romanticismo ni una nostalgia pasajera, sino que en aquella época no tan lejana el hombre era un ser vivo más que poblaba la tierra con sus grandezas y sus miserias. Y no se me ocurre mejor personaje que con más rigor y honestidad haya retratado al hombre en su relación con el medio, que el presentador del conocidísimo programa televisivo, “El hombre y la tierra”. Gracias amigo Félix, por tu sabiduría y lealtad.