Ladrones en el bolsillo

Arturo Lecumberri Martínez

Publicado el 14/09/2023 a las 07:34

Caminaba hace unos días por una de las calles cercanas a mi casa. Me dirigía a hacer un recado propio de la rutina semanal cuando adelanté a una pareja, parecía un matrimonio, era fácil suponer que eran jubilados, iban hablando de sus cosas. Unos metros más adelante y en sentido contrario, un chaval joven, dudo mucho de que superara los 25 años, caminaba con su mirada y un buen porcentaje de su atención, sino toda, focalizada en un smartphone que tecleaba con ritmo alegre. Como no podía ser de otra manera, la propia calle no lo permitía, llegó un momento en el que la pareja y el joven se cruzaron. Pude ver cómo la señora jubilada, de un manera ágil y meritoria para su edad, se apartó por espacio de un metro. El pollo de 25 años pasó por su lado como morlaco por toriles. La señora con el carácter propio de la tierra, se dio la vuelta y recriminó con contundente tono al muchacho. El señorito, ya fuera porque sus oídos habían abandonado al igual que sus ojos el mundo de los vivos o porque sus habilidades sociales todavía no estaban maduras para enfrentar una disculpa o una discusión con otro ser humano adulto, continúo en dirección, sentido y ritmo en MU, o movimiento uniforme, que como me enseñó un profesor de física al que guardo gran cariño es aquel en el que el objeto de la trayectoria se mantiene a velocidad constante.

La señora incluso dedicó algunos segundos extra a elevar la voz y lanzar algún reproche más en un intento, supuse, de rescatar la atención del pollo sin cabeza (no es mi intención ser peyorativo en este punto, la realidad es que la cabeza del pollo, en ese momento no estaba, o al menos las capacidades cognitivas que en su interior se encuentran). Pero nada, no hubo suerte. Parece ser que la atracción digital era de tal intensidad que frustraba cualquier intento sonoro de eliminarla.

De haberse producido el efecto buscado por la señora, es más que probable que el aquí observador hubiera presenciado un desencuentro pequeño o grande entre las dos partes que podría haber derivado en disculpas y acuerdo o en desencuentro y crispación. En cualquier caso, de haberse producido, nuestro secuestrado digital habría tenido la oportunidad de argumentar, rebatir, pedir disculpas o ponerse rojo como el carmín y habría tenido una experiencia que hubiera puesto en jaque y entrenado sus habilidades para futuros lances interpersonales en vivo y en directo.

Todo esto no ocurrió y resulta tremendamente triste pensar en la cantidad de interacciones humanas que jóvenes y no tan jóvenes estamos dejando de vivir debido a esos pequeños ladrones indomables que llevamos pegados al bolsillo, que nos hacen el día a día más sencillo pero que también nos roban una parte esencial de la vida.

Arturo Lecumberri Martínez, psicólogo en Clínica Universidad de Navarra.

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