Un pueblo: Iraizotz

Enrique Iriso Lerga

Publicado el 02/08/2023 a las 07:26

Sitúo a los lectores. Superado el campo de Golf de Ultzama, una señal indica el desvío a la derecha hacia Gerendiain. La carretera estrecha y ligeramente ascendente va dejando atrás paisajes prodigiosos como el robledal de Orgi a la izquierda o el pueblo de Eltso a la derecha, ubicado en las estribaciones del monte Arañotz . Al pasar Cenotz, la carretera discurre entre un bosque de robles. A la salida, desde el término de Malain se divisa Iraizotz, un pueblo ancestral de corto vecindario, parco en su dimensión espacial, asentado al amparo de Arañotz en el valle Ultzama, el lugar más pintoresco que pueda soñarse. Las cercanías se ven con precisión durante los días soleados. En lo alto de una suave loma, la iglesia parroquial, un libro alzado al cielo.

Bajo la torre cuadrada del campanario se tiende un puñado de casas solariegas, hermosas, amplias y luminosas, alineadas a lo largo de una calle ascendente, que ordena la aglomeración. Iraizotz es esa calle larga, que tiene el alma de su titular, el célebre obispo San Martín de Tours, un santo ardiente de una antiquísima religión. Casa frente a casa, balcón frente a balcón, donde estallan las rosas bañadas de carmín con sus pétalos de fragancia. En ellas nacieron, vivieron y murieron los antepasados de una larga serie de generaciones. Las casas encajan en el entorno. Casas hechas para vivir. Monumentos artísticos, que han permanecido vivos durante siglos con las reformas precisas, superando gustos, necesidades y cambios. Algo que me emociona, porque se han mantenido en pie.

No es fácil que las casas perduren en el tiempo. Parece un principio general que la genética de conservación de los edificios es propia de las catedrales o palacios. Sin embargo, en Iraizotz se ha preservado el plano urbano y las casas.

En la calle dos fuentes tranquilas con caños y askas adosadas, que antiguamente soltaban abundante agua con un trote relajante durante el día y la noche. El bosque en otoño amarillea en sus castañares y robledales, se viste de oro y sus hayedos se llenan de ocres y sienas. En él todo es soledad transparente, frescor reconfortante, sonido pulcro y dulce sombra. En la arboleda se oyen cantos selváticos de diversas notas, odas al campo, salvajemente idílicas, que muestran una vida desbordante.

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora