La música podrá salvarnos

Ana Gurucharri García

Publicado el 27/02/2023 a las 07:17

Me encaminé a la Iglesia de Santo Domingo con deseo de pasar un ratico agradable y, a ser posible, que me condujera a una cierta paz interior. Era un concierto del “Coro In Témpore”, al que ya conocía y sabía qué podía esperar de él. El auditorio excelente. Por su estética y su acústica. Es lo mejor que tiene Pamplona, de oferta gratuita, para estos conciertos.

Una vez se cumplimentó el aforo y se hizo la hora, fueron haciendo su aparición los músicos que acompañan al coro: varios violines, viola, chelo, bajo, contrabajo, piano, arpa y percusión. Verlos ya presagiaba un buen concierto. Después se incorporaron los tenores, barítonos, bajos, sopranos y contraltos, unos cuarenta coralistas que precedían a su director, Carlos Etxeberría, así como los dos solistas anunciados, Andoni Sarobe, barítono miembro del Coro y Marta Huarte, soprano.

Al mismo tiempo que se colocan en el presbiterio los envuelve una tenue luz, ahora azul, ahora ámbar, luego roja, tonos acorde a la música. También queda iluminado el precioso retablo dorado del recinto sacro. No nos han entregado programa de mano por aquello de la pandemia pero escuchamos la letra de lo que van a interpretar mediante una clara y nítida voz en off. En la primera parte escucharemos la obra “Tejedor de sueños” del compositor Ola Gjeilo. Una balada épica que recuerda a “La Divina Comedia” de Dante. “El protagonista se duerme en Noche Buena durante trece días. Se despierta y cabalga hacia la iglesia por caminos de barro, sangre y sombras…”. No es muy diferente al ánimo con que me acerqué yo a esta Iglesia.

Bellísima música, todos los instrumentos, incluidas las voces del coro, con gran armonía me conducían en ese viaje de melancolía, tristeza y sombras…. hasta el recogimiento y la emoción. Terminada esta obra, llega el intermedio: aplausos agradecidos. La voz en off nos sitúa en la obra “Lux (el amanecer de lo alto)” de Dan Forrest. En su primer movimiento: “Luz de luz, venida desde lo alto a iluminar a los que están en sombras de muerte” los solistas alternan sus voces arropados por los violines y el coro; también el arpa se hace presente. Las luces juegan y danzan entre el rostro de los coralistas, concentrados los ojos fijos en su director.

Suena un Aleluia, aleluia, aleluia, suave, repetitivo, iluminado. Creo adivinar que los coralistas, además de estar concentrados también están sobrecogidos. Una cascada de estrellas descendía por el retablo hasta alcanzar el rostro de los intérpretes. Después, un “Gloria in excelsis Deo” ¡a ritmo de jazz! En este momento, no sirvió de nada la recomendación inicial de que no se aplaudiera hasta el final del concierto, porque del público brotaron grandes aplausos. Nos fueron conduciendo hasta el 5º movimiento y escuchamos de nuevo esa voz: “Creador de las estrellas de la noche. Creador de la Luz, que hiciste el día con resplandor brillante; sobre el mundo recién nacido, sacaste luz de toda la oscuridad”.

Los brazos del director danzaban invitando a sus intérpretes a conducirnos hasta soñar y alcanzar la luz que los iluminaba. Siento que, quizá como a todo el auditorio, la música me había conducido del barro, sangre y tinieblas de la primera parte del concierto a la más bella y definitiva luz que proclamaba esta segunda obra del joven compositor Forrest. Aplausos, gritos, emoción, saludos… Observo el semblante de los asistentes, agradecido. Creo que la belleza -y la música es bella- es lo único que puede salvarnos de la mediocridad, de la vida a ras del barro hasta volar hacia las estrellas y que la luz pueda alcanzarnos.

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