Navidad... ¿dulce Navidad?

Carmen Olorón Goñi

Publicado el 24/12/2022 a las 08:25

Ya está aquí, ya llegó. Me refiero a la Navidad, esos días diferentes, cálidos y mayormente acogedores, que año tras año nos es permitido vivir y disfrutar, cada uno a su estilo y manera, cada cual al alcance de sus circunstancias y posibilidades. Pero todos, o casi, seremos conscientes de que son unas fechas distintas porque es como si algo cambiase en el ambiente. Sin darnos cuenta, se nos ablandan las entrañas e intentamos ser mejores personas. Quizás no sepamos muy bien de qué se trata y seguramente tampoco a la mayoría les importe demasiado. Lo que sí sabemos es que es una fiesta un tanto especial, que tiene que ver con el consumo elevado a la enésima potencia, las celebraciones familiares, la iluminación de las calles y los villancicos en los supermercados. Y hasta ahí -y cada año más- llegamos. Nos desplazaremos, si hiciese falta, para estar junto a los nuestros, comeremos y beberemos más de la cuenta y regalaremos lo que buenamente podamos en una demostración de nuestros afectos. Las amas de casa, revolucionadas, comprar y comprar, desde el langostino al solomillo. ¡Dios cómo han subido los precios de los turrones este año!. Que no falte nada en la mesa es la consigna. Y echaremos el resto en la cocina para deleite del personal. ¿Y eso es todo?

Luego está la otra Navidad, aquella donde algo duele por dentro, porque alguien que estaba, ya no está, y se le echa en falta especialmente en estos días. O porque el diagnóstico recibido no trae precisamente buenos augurios, o tal vez la situación de aquella pareja va a saltar por los aires y no está el horno para bollos. O ese trabajo eventual que se termina ¿que va a ser de nosotros ahora que acabamos de ser padres?, quizás sea la hipoteca lo que no vamos a poder asumir ¿nos desahuciarán?. Y el invierno está encima y hace frío y debemos elegir entre comer o calentarnos. Y habrá quienes, aparcados en las cunetas de la vida, padezcan el aguijón de la soledad. Y el dolor sin paliativos de aquellos padres, cuyo hijo decidió salir del viaje de la vida por la puerta del suicidio -¿y si..? les martilleará la cabeza de por vida- . Por no hablar de cárceles u hospitales, donde la navidad puede ser una espina clavada en el alma. Y así.. suma y sigue. Navidad, ¿dulce Navidad?

Y si salimos de nuestras fronteras ¡ni te cuento!.Ahí están los derechos humanos pisoteados en Qatar o Afganistán, la valla de Melilla y los más de trescientos muertos en la teocracia iraní, los puertos cerrados a los migrantes, el cambio climático, la inflación que parece que viene para quedarse y la guerra -paradigma de la estupidez humana- que afectó a Katrina, ucraniana embarazada, que refugiada en Pamplona, volvió a los tres meses a Kiev para estar cerca de su marido que había sido movilizado, Por fin tuvo a su hijo en un desangelado sótano con la luz de los móviles. Sólo faltaban la mula y el buey para que la historia se repitese.

Con todo y con eso, medio mundo celebrará la navidad, unos con Santa Claus, otros con Papá Noel o San Nicolás o el Olentzero.. ¡ o con quien sea! Es lo que tiene el multiculturalismo. Crece el número de competidores a nuestro Mesías de siempre, que cada vez tiene menos adeptos. No obstante, el “resto” de Israel, mayoritariamente gente mayor, celebraremos el nacimiento de Jesús, el Cristo, entre otras cosas porque ÉL nos hizo comprender que la divinidad se aloja en el corazón del ser humano, aunque a veces cueste creerlo. De ahí, esas nostalgias del Absoluto, más o menos arraigadas, que encontramos en el camino de la vida. De todas maneras volviendo a la Navidad, señalar que intentaremos vivirla más con el corazón que con el intelecto, así que en silencio y de rodillas ante el Niño de escayola, imitaremos al cura de Ars cuando decía: “ÉL me mira y yo le miro”.

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