Ya van diez meses
Publicado el 10/11/2022 a las 07:27
Ya van diez largos meses de este desasosiego llamado guerra de Ucrania y parece ser, si nadie logra impedirlo o incorporar una pizca de cordura, que continuará hasta Dios sabe cuándo. Desde que Putin y sus secuaces decidieron invadir Ucrania, en una operación llamada desde el kremlin, tirando de eufemismo, “operación especial militar”, nadie excepto el presidente turco Erdogan (con el propósito evidente de beneficiarse en un trato comercial con Rusia) ha hecho absolutamente nada para terminar con esta guerra indecente. Nadie ha osado entablar negociaciones entre las partes en aras de una negociación para la finalización del conflicto.
Todavía guardamos en la retina las primeras imágenes en televisión de helicópteros y morteros atacando Kiev y otras ciudades que fueron pasto de los bombardeos crueles del ejército ruso. En un primer momento nos dio por pensar que se trataba de alguna de esas series que imaginan distopías inalcanzables, pero después de frotarnos los ojos varias veces seguidas constatamos que una vez más la realidad superaba a la ficción. Pronto nos dimos cuenta que se trataba de una guerra de consecuencias imprevisibles. La guerra de Ucrania ha desestabilizado el mundo con una inflación en la OCDE que roza el 8% y una recesión general de la economía a nivel mundial. El balance de la guerra es a día de hoy desolador en donde nadie gana y todos los actores pierden. Parece como si el mundo se hubiera vuelto loco de repente, a decir verdad, nunca ha estado demasiado cuerdo.
Putin está perdiendo la guerra desde todos los frentes, también el militar, y ya no le quedan más bazas que jugar que el chantaje con la energía. Un arma de guerra que se traduce en cortar el suministro de gas a todo el continente europeo, elevando de esa forma el precio del combustible. El precio del gas (uno se va enterando a medida que se informa), se decide en mercados de futuro sin regulación alguna y sin ningún tipo de intervención por parte de los gobiernos. Resulta surrealista y le hace un flaco favor a la justicia pensar que esa vorágine especuladora de los mercados se enriquece a costa de la pobreza y miseria de muchos. La energía no es un asunto baladí y nos afecta a todos. Y la pregunta cae por su propio peso como una losa: ¿Alguien, en algún momento de esta historia interminable, hará algo para frenar este sinsentido?