Orgullo nacional

Jon Guergué San Miguel

Publicado el 16/10/2022 a las 08:26

El Día de la Fiesta Nacional, además de para honrar a España por tener un día festivo, en el que a la mayoría no nos harán un examen de españolidad ni tendremos que fichar en iglesia ni desfile alguno, sirve para aprender muchas cosas. Por ejemplo, hemos aprendido que Iker Casillas es español. El exguardameta lo indicaba en un tuit cargado de trascendencia: “Yo soy español”. A la espera de un nuevo anuncio del propio Casillas en el que nos dé la primicia de que tiene tráquea e intestino delgado, no cabe más que ahondar en la perplejidad. En el mundo muy complejo o demasiado simple de quien elabora ese mensaje existe la conciencia de que, puesto que existe una identidad que no gusta o es atacada por otras personas, en este caso una identidad bastante grande y no la tribu Mursi de Etiopía, tiene necesidad de reivindicarla y reafirmarse en ella: yo soy español. Lo cierto es que hubiera sido más valiente que nos confesara que siempre le hubiera gustado jugar en el Barça. En caso de ser cierto esto último, sería técnicamente igual de objetivo que afirmar su nacionalidad, y siendo igualmente estúpido que lo contara ahora, hubiera sido más interesante, por novedoso, para una audiencia siempre ávida de salsa picante. Estamos en la era de la estupidez y solo manejamos grados dentro de la misma. El caso es superarse para llegar al techo. No andan mucho mejor al otro lado del charco. En Estados Unidos, y a pesar de que tienen su día patriótico marcado el 4 de julio, hay equivalentes materiales a la identidad patriótica. El iPhone, por ejemplo, es casi tan importante como la bandera, para quien se lo pueda permitir, claro. Da igual que esté ensamblado en China; su diseño y propiedad intelectual, que es lo importante, es puramente estadounidense. Pues resulta que, y esto sí que es un signo del declive del imperio americano, el iPhone 14 confunde el vaivén de las montañas rusas con accidentes de tráfico. Como consecuencia se han disparado las llamadas automáticas a servicios de emergencia y de igual modo se han disparado las personas indignadas con un fallo más del último iPhone. Y es que, oiga usted, no se gasta uno más de mil pavos en un iPhone para que luego vaya informando a los parientes de que en lugar de estar disfrutando en un parque de atracciones, te acabas de romper la crisma. Y es que, en la tierra prometida, los falsos positivos también hay que pagarlos. En España, y a pesar del nivel de algunas celebridades políticas y futbolísticas, tenemos la suerte de tener menos montañas rusas y más sanidad universal. Tan solo queda profundizar en la mental. Eso sí que sería orgullo nacional. 

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