Servicio, profesionalidad y honradez
Publicado el 10/10/2022 a las 07:20
En la noche del día 3 de julio salí de Cuba hacia España. La hora de salida se retrasó dos horas y media, así que empecé mal. Después de un viaje largo y aburrido llegué a Madrid donde, tras pasar por la aduana (ese día, no sé por qué causa fue especialmente lento) fui hasta la cinta de las maletas; fueron apareciendo poco a poco, todo el mundo iba retirando sus bultos, menos yo, que seguí esperando; cada vez había menos personas hasta que sólo quedé yo. Esperé, esperé, desesperé y mi maleta se resistía a aparecer; ya me disponía a buscar a quién molestar con mis reclamaciones cuando, al fin, apareció la desaparecida. Arrastrando mis valijas me fui encaminé desde la T1 a la T4; normalmente el viaje se hace en un metro pero ese día se me indicó que tendría que hacer el viaje en un autobús, así pregunté dónde paraba, lo encontré y me subí a él. Subir subí, pero también tuve que esperar un buen rato hasta que el conductor se puso tras el volante y emprendimos el viaje. Por supuesto, tal y como me temía, el bus, cuyo importe tenía ya pagado, había ya salido, así que me arrimé a la oficina de la compañía y me encontré con una cola. Quien haya estado en Cuba está acostumbrado a las colas, después de todo solo eran una docena de personas; salvo que no avanzaba, ni mucho ni poco. Ya preocupado me acerqué a la señorita que trataba de calmar al personal para preguntarle cuándo habría un autobús a Tudela. La pobre mujer, después de protestar por haberme colado, me dijo que el próximo saldría a las 10.30 del día siguiente, pero que no me podía dar billete porque se le había caído internet y no tenía accesos a la base de datos. Definitivamente aquel no era mi día.
Arrastrando las maletas me acerqué a un grupo de oficinas donde alquilan coches. Yo sabía que una de ellas tenía oficina en Tudela, al lado mismo de la estación de RENFE, así que allí me fui; podían alquilarme un coche, pero lo tendría que devolver en Pamplona o Logroño, porque habían cerrado la oficina de Tudela. El precio era 550 euros. Lo he dicho bien: 550 euros. No entendía nada, ese viaje ya lo había hecho otras veces y, desde lejos, el precio no era ese. Me dije que, si tenía que ir hasta Logroño, tendría que coger un taxi hasta Fitero, que es donde yo vivo. Total, el viaje me iba a salir por 700 euros. Más desconcertado que enfadado salí hacia el arcén para fumarme un cigarro -medicina contra el desconcierto que a mí me funciona- cuando se me acercó un taxista que se acercó a mis maletas con intención de cargarlas en su coche, le dije que no sabía qué hacer, si coger su coche o no, que tenía que pensar, por lo que le conté lo del precio del alquiler de coches. El taxista me dijo que eso no era posible, que era un disparate, así que empezó a trastear con su móvil y me dijo que sí, que era cierto, que 550 era el precio; volvió a su móvil, tecleó y me dijo que él mismo me podía llevar hasta mi casa en Fitero por 315 euros. Increíble, alquilar un coche con conductor me costaba menos que la mitad de hacerlo sin él. Como quiera que el pobre hombre vio mi cara de asombro se metió con el taca taca del móvil y me dijo que, si quería, me podía llevar a la RENFE, ya que salía un tren hasta Tudela dentro de una hora, y que me costaría menos de 100 euros, así que emprendimos el viaje por Madrid. La estación de Atocha está muy bien, pero el servicio de expedición de billetes es, para mí, complicado y lento. Un trabajador de RENFE, que me vio viejo, flaco y con pintas de muy cansado, se me acercó preguntando si estaba bien, así que le conté mis cuitas, metió mis maletas en una carretillas adecuada, me acercó a una de las ventanillas, donde pude comprar un billete, me llevó corriendo hasta el vagón, colocó las maletas en su sitio y yo, por fin, estaba sentado con cinco minutos de tiempo antes de la salida. No supe cómo agradecer a aquel buen profesional por su ayuda, como no quiso un habano le di un puñado de caramelos, que es lo único que tenía.
Al fin llegué a Tudela, reventado, agotado pero llegué. Eran las 21.30 de la noche. Cogí una taxi y llegué a mi casa en Fitero. “¡Al fin!”, me dije yo. Ya, ya al fin. Había perdido la cartera, con todos los documentos propios a algunos del banco de Europa, con casi mi sueldo de un mes -para mí, jubilado, era un fortuna-. Muy desconcertado, aturdido, hube de reconocer al taxista que ni para pagarle tenía dinero. El pobre hombre se tuvo que marchas sin cobrar. Agotado, roto, me fui a la cama. A la mañana siguiente me despertó el teléfono móvil. Era el director de la estación de RENFE de Pamplona informándome de que un responsable del tren desde Madrid había encontrado mi cartera, tan forrada por dentro como yo la había dejado. Había pasado, de un día nefasto, a otro luminoso. Así que, desde aquí, agradezco al personal de RENFE todos sus estupendos servicios, su gran profesionalidad, su honradez y amabilidad.