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¿Está seguro, doctor?

  • Marian Garro Andueza
Publicado el 29/09/2022 a las 07:21
La noche del jueves 22 de septiembre mi hijo de 16 años comenzó con un dolor de tripas. Yo estaba trabajando en mi turno de noche en el hospital por lo que no pude atenderlo directamente. Su padre le dio su analgesia habitual y ambos se fueron a dormir. Por la mañana, al llegar del trabajo, el dolor se había focalizado en el lado derecho del abdomen, tenía alguna décima de fiebre y al intentar desayunar, vomitó. Ante la sospecha de una apendicitis lo llevamos a Urgencias. La espera fue larga y el diagnóstico fue claro: apendicitis. Casualmente estos días estoy preparando un curso sobre técnicas de consejería y comunicación para profesionales sanitarios del hospital. Se trata un curso en el que trato de mejorar las habilidades comunicativas: presentarse por el nombre y decir siempre el cargo que se ocupa dentro del hospital, escuchar activamente al paciente (contacto visual, asentir, parafrasear, identificar sentimientos, empatizar...), cuidar el entorno en el que ocurre el encuentro asistencial, ofrecer sugerencias dentro del plan de acción para que el paciente/cliente pueda elegir la más acorde a sus creencias y circunstancias y darle la libertad de elección, de responsabilizarse de su salud y, de esta manera, empoderarse.
Pues bien, la noticia me fue dada a toda prisa en un pasillo mientras a mi hijo se le hacía una PCR. Durante la estancia hospitalaria, se ha presentado, por su nombre, una sola persona (por cierto, muchas gracias a Iratxe, por su escucha en un momento difícil, su atención integral no solo al paciente sino a toda la familia y su templanza profesional). Se nos marcó el camino a seguir, o sea, la apendicectomía. Por más que solicité alternativas menos agresivas, no se me dieron. Durante la espera, investigué otras formas de abordar este mismo diagnóstico y las sugerí en mi encuentro con los cirujanos. Estas fueron algunas de las frases que tuve que escuchar: “el apéndice no sirve para nada” (¿está usted completamente seguro, doctor?), “si no intervenimos, al mes o al año vamos a estar igual” (¿está usted completamente seguro?), “puede hacer una peritonitis” (¿está usted completamente seguro? ¿se refiere a antes o después de la apendicectomía?). Como mi hijo ya es mayor de edad sanitariamente hablando, se dirigieron únicamente a él. Él tenía que firmar el consentimiento informado de la apendicectomía. “Os dejamos tiempo para que lo penséis” y nos dejaron un buen rato solos para decidir. A su regreso, esta vez con la presencia de una médico adjunta, se insistió en los riesgos de no intervenir (contrariamente, no se nombraron los de la intervención) y en que el tratamiento era “la apendicectomía” y punto.
Consentimiento delante de mi hijo. Silencio eterno, incómodo para todos los presentes en aquel box. Al final, mi hijo firmó. Una vez obtuvieron su firma, se dirigieron a nosotros y nos dijeron que ahora necesitaban una firma de los padres. Los médicos habían dicho que tenía que decidir él; en ningún momento nos dijeron que luego deberíamos firmar nosotros también. Me sentí, profundamente, engañada. A través de esta carta quiero manifestar mi descontento ante un sistema sanitario que siembra el miedo, que no ofrece alternativas, que constriñe (me pregunto si mi hijo fue realmente libre al decidir) y que cuida a las personas únicamente en el plano físico, olvidando las emociones, sentimientos y creencias.
Por mi parte, sigo confiando en el poder de las palabras para curar (los médicos de la antigüedad ya lo sabían) y en la libertad y responsabilidad de cada uno para cuidar de su salud. Y, por el momento, sigo sembrando mi semilla de comunicación no violenta y consejería entre la tierra (muchas veces, yerma) del personal sanitario.
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