Corella, una ciudad en decadencia

Alfonso Orlando Machimbarrena

Publicado el 15/09/2022 a las 07:21

Es una verdadera pena cómo uno va presagiando el declive de su ciudad, de su entorno, de su bien más preciado, su hogar. Corella, la perla del barroco en la Ribera navarrica, poco a poco va perdiendo su alegría, su alma, su esencia, en definitiva, su atractivo. Aquellos años dorados han pasado como un huracán, apenas quedan lugares donde poder comer decentemente, las calles del centro apenas tienen vida. Solo unos pocos valientes resisten y nos siguen ofreciendo una pequeña muestra de aquellos maravillosos pinchos que tanto apreciaban, propios y forasteros.

La falta de previsión urbanística, de consenso y amor por tu ciudad han hecho que realmente el pueblo no resulte nada atractivo en la actualidad. Un polígono enano, encima de un barrio residencial, sin sentido, en la extensión natural del pueblo hacia la ermita de nuestra señora del Villar. Una política de urbanismo social, absolutamente irracional, estableciendo viviendas de protección social, que por otra parte todo el mundo tiene derecho a ellas, pero bueno, acorde al barrio y al proyecto que has planificado y materializado previamente (nadie haría el barrio de la mina en la Moraleja). Pues nada, a destrozar el barrio más bonito de la ciudad. Del barroco mejor ni hablar, ni príncipe de Viana, ni subvenciones, ni siquiera en las mejores épocas de bonanza se ha realizado estudios, proyectos, ni negociaciones entre familias implicadas y políticos de turno, nada de nada. Uno de los principales atractivos se desmorona, agoniza y nadie le auxilia. Alguno dirá “yo intenté negociar con fulanito o con menganito” pero nada de nada.

La política de turismo es inexistente, un grupo de vecinos con mucha dedicación y fervor por su Corella querida, que encima tienen que hacer un tour fantasmagórico por un barroco decrépito. El alojamiento es peor todavía, exceptuando algún hotel de polígono que cumple con su cometido y algún apartamento privado, el resto es un despropósito absoluto. Suerte que los antiguos turbodiésel están comprando alguna caseta, aunque siguen sin gastar mucho. Ya no hablo de cooperativas, ni nada por el estilo, porque realmente el mayor de los problemas de esta ciudad somos nosotros. No somos un vecindario unido, como otros pueblos de alrededor, que luchan todos a una, por el bienestar de su hogar y de sus gentes. Para nada, al contrario, más bien somos unos pasotas que nos da igual 8 que 80 y lo digo alto, claro y fuerte. En conclusión, mucho político, mucho paraguas, mucha fiestuki y mucho paripé, pero si no fuera por la fábrica de frenos, de tortillas y alguna más, esto sería una ciudad fantasma. Eso sí, con una maravillosa mezquita. Algo es algo.

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