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Edad sin hielo

  • César Muñoz Guerrero
Publicado el 11/08/2022 a las 08:17
Los americanos y los chinos, para los que nunca es tarde si la dicha es buena, han decidido no tomarse descanso ni en agosto. Como no quieren perder la costumbre del enredo y la desproporción, los unos han mandado a Taiwán a una representante empeñada en emular a los heraldos negros del poema de Vallejo, y los otros han respondido con un muestrario de armamento por tierra, mar y aire.
El asunto quedaría en anécdota si no fuera por el contexto y por las comparaciones, que resultan odiosas. El periodista Antoni Coll, estudioso de esa Guerra Fría que pervive como un déjà vu, ha escrito un ensayo que incita a la nostalgia. Lo titula con la pregunta ¿Puedo llamarle Mijail? y trata de las amistades personales entre algunos líderes de aquella época. Lo más curioso no es comprobar cómo desmerecen las personalidades de entonces frente a los títeres de ahora, sino que en la era del exclusivo teléfono rojo hubiese más diálogo que en la de internet.
Otro de los incordios que no dejan de aparecer estos días en los telediarios es la escasez de hielo. Hemos llegado a acostumbrarnos tanto a los sobresaltos que la realidad parece un cartón de bingo cuyas celdas tacha a su parecer cada agorero. Hay donde elegir, pero entre los que viven puestos en guardia como boxeadores y los que no echan cuenta a las noticias han llegado a la conclusión de que no habrá paz para los sedientos si en los vasos de refrescos faltan los cubitos de agua congelada.
En consecuencia, la multitud se ha lanzado a las neveras de los supermercados en busca del tesoro que ahora vale más que los diamantes. Nadie duda que el mes corriente se hará más largo si al calor no se le combate con una de las pocas cosas que permiten mantener la cabeza fría, que es factor indispensable para sobrevivir en estos tiempos. La novela Cien años de soledad de García Márquez es proverbial a la hora de entender la servidumbre del estío, porque empieza con un personaje al que llevan a conocer el hielo e incluye la aventura de un pueblo convaleciente de insomnio.
Aquí también hay mucha gente que no duerme, unos porque no pueden y otros porque no quieren. Estos últimos son bienaventurados porque migran de la ciudad al campo y vuelven a hacer girar la rueda de la fortuna. Aunque siempre se había dicho que asociábamos la felicidad al sol y el no hacer nada, hace pocos años a alguien le pareció pertinente demostrarlo con cifras. El estudio en cuestión concluyó que el 70% de los españoles identificaban el verano con la playa, la paella y la familia, y eso que no había apartado de verbenas. Son algo común en ferias y fiestas de costa e interior y elemento central de un pulso entre madrugadores y disfrutones.
Los primeros esgrimen la conciencia cívica y los despertadores con alarma, y los segundos el hedonismo, el resurgimiento de la economía local y que les quiten lo bailado. Hoy por hoy los vividores tienen pinta de llevarse el gato al agua, porque el juez que pondrá paz se llama nuevo curso y está de vacaciones.
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