Después de lo de la calle Curia

José Ignacio Palacios Zuasti

Publicado el 09/07/2022 a las 07:50

Escribo estas líneas después de tener conocimiento de los graves incidentes producidos en la calle Curia de Pamplona cuando el Ayuntamiento acompañaba, de regreso de la procesión de San Fermín, al arzobispo y al Cabildo hasta la Catedral, que me han recordado momentos similares que tuve que vivir en mis tiempos de corporativo.

El 23 de mayo de 1983, Asun Apesteguía y yo tomamos posesión como concejales del Ayuntamiento de Pamplona, ella del PSOE y yo de AP, y durante ocho difíciles años fuimos compañeros en dos corporaciones distintas, con los alcaldes Balduz y Chourraut.

En la tarde del 6 de julio de ese año los dos estrenamos nuestros trajes de gala de ediles, ella el de roncalesa y yo el frac, para ir a Vísperas, a las que nunca llegamos porque el Riau-Riau se tuvo que suspender después de estar más de dos horas en la calle y más de una de ellas retenidos al comienzo de la calle Mayor, rodeados de gentes como las que ahora estaban en la Curia, recibiendo agresiones físicas y verbales tanto la Corporación como la Policía Municipal. A resultas de ellas, el concejal socialista Ángel Carrillo salió lesionado.

Pues bien, esa tarde del 6 de julio conocí a Javier Remírez Apesteguía. Tenía entonces ocho años y era el hijo único de Asun que, con su padre, de igual nombre, seguían como una sombra a la Corporación Municipal, desde que salimos del zaguán de la Casa Consistorial hasta que regresamos a él, para acompañar, proteger y, si fuera preciso, rescatar a Asun de las agresiones batasunas. A partir de ese día, fue una constante que padre e hijo acudieran a cuantas salidas hacíamos en Cuerpo de Ciudad y era conocido como “el hijo de la Asun”.

A partir de 1987, Asun se convirtió en un objetivo de los violentos, bien por el partido en el que militaba, bien por el barrio en el que vivía, o por todo ello. Y, hasta 2019, sufrió innumerables atentados contra su casa en la que reiteradamente realizaron pintadas y lanzaron cócteles molotov en medio de la noche, estando la familia dentro, contra la vivienda y los coches. La última acción terrorista fue en mayo de 2019, cuando faltaban menos de tres meses para que María Chivite fuera elegida presidente del Gobierno, gracias a los votos de Bildu. En la pintada se leía “Apesteguía la soga está vacía” y ella declaró: “llevo aguantando amenazas 40 años”.

Hace ahora 25 años, el 20 de enero de 1997, este periódico titulaba a cuatro columnas ‘el “gesto” de los universitarios’ e ilustraba la noticia con una fotografía en la que se le veía a Javier Remírez con dos compañeros más de la UPNA, que pertenecían a Basta ya, después de la concentración silenciosa que se había realizado en esa universidad contra los secuestros, extorsiones y violencias. Noticia en la que se decía: “Javier Remírez padece el golpe de la intolerancia desde hace años. Ha visto cómo un grupo de jóvenes quemaban los dos coches de su familia y vertían cócteles molotov y pintadas sobre la fachada de su casa, en la Chantrea. “En mi barrio, mi casa es como el cuartel de la Guardia Civil, la Policía y la Delegación del Gobierno, todo va a ella”, comenta...”.

Seguro que tiene una explicación, pero con estos antecedentes, no puedo entender que hoy Javier Remírez Apesteguía pueda ser vicepresidente del Gobierno de Navarra, gracias al apoyo de Bildu, y que hace unos pocos días, después de llegar a un acuerdo con los herederos de Batasuna, haya podido declarar: “a nosotros no nos importa el medio, lo importante es que avancemos en espacios de memoria histórica. Por eso, más allá del medio utilizado, nosotros lo vemos con satisfacción”.

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