Moscas a cañonazos
Publicado el 24/06/2022 a las 07:26
El plan del alcalde Maya para instalar diez barras de bar en la plaza del Castillo en San Fermín está dando mucho que hablar: la oposición, presta ya para la próxima campaña (aunque siempre ambigua en sus posturas) se ha lanzado a la yugular del alcalde; y la opinión pública ha cuestionado que, tal y como se ha afirmado, dichas barras vayan a frenar el botellón. ¿Bares al aire libre para evitar el consumo de alcohol al aire libre? Si la idea funcionase, sería como matar moscas a cañonazos. Pero al que suscribe, vecino del casco antiguo desde hace más de cuarenta años, y testigo de su deriva, la ocurrencia del alcalde y su equipo no le ha pillado de sorpresa. Corría el año 1996 cuando el alcalde Chorraut anunciaba el inicio de las obras de peatonalización en el casco histórico de Pamplona. Los objetivos de este gran plan incluían la recuperación del espacio público para el uso peatonal; la eliminación del ruido del tráfico rodado; la rehabilitación y saneamiento de edificios, calles, plazas y rincones del casco antiguo, etc. Se buscaba, en suma, convertir esta zona histórica en un barrio más aseado, amable y accesible.
Sin embargo, veintiséis años (y varios millones de euros) después, la vecindad del casco antiguo siente un profundo desengaño, al constatar cómo los grandes beneficiados por la supresión de aceras y la retirada de vehículos han sido la hostelería, su clientela, y los “botelloneros”, que se han encargado de invadir las calles y plazas que la peatonalización había recuperado. La responsabilidad principal la tienen nuestros dirigentes, que han promovido la “hostelerización” y “botellonización” del casco antiguo al permitir la apertura de terrazas y nuevos negocios (disfrazados de cafeterías, tiendas de alimentación o chucherías, etc) que llenan sus arcas con la venta de alcohol en una zona que ya en 1987 se declaró “saturada de bares”; y que además miran hacia otro lado ante el consumo de alcohol fuera de las zonas autorizadas por la ordenanza. No hay que olvidar la responsabilidad individual del consumidor. Pero, si el ayuntamiento lo tolera, ¿por qué consumir dentro de los locales, cuando beber en la calle resulta mucho más barato o placentero?
Por otro lado, sabemos que además de una hostelería de barrio, respetuosa con el vecindario, existe otra hostelería a la que le importa poco que sus clientes saquen las bebidas a la calle, orinen, vomiten o llenen de basura portales y plazas, manteniendo en vela al vecindario. Esto ha hecho algunas calles lugares difícilmente habitables y ha atraído a los botelloneros. Pues, una vez ocupada la vía pública para la juerga, ¿acaso importa dónde se ha adquirido la bebida? Por todo ello, y a la vista de que el burgo de los hosteleros va convirtiéndose en el abrevadero de Pamplona, muchos vecinos nos preguntamos si la desaparición de coches y aceras y los millones invertidos en los planes de peatonalización, saneamiento y amabilización realmente tuvieron algún sentido. Les decía al principio que a uno no le ha sorprendido mucho que el último proyecto del alcalde para la plaza del Castillo salga adelante. Puesto que todo viene a mostrar que los sanfermines reproducen, a pequeña escala, el modelo de ciudad que este ayuntamiento parece desear: una ciudad cuyo centro, convertido en un gran bar sin paredes y sin ley, atraiga a muchos, desplace a bastantes y enriquezca a unos pocos.