El tesoro de la Taconera
Publicado el 20/04/2022 a las 07:53
El domingo pasado conocí los jardines de La Taconera. Me acompañaron otros amigos extranjeros: uno del Congo, otro de Brasil y un tercero de Nigeria. Parecíamos “el equipo Benetton”, nos dijimos. Era una mañana soleada y fresca, y nos sentimos especialmente a gusto paseando, primero entre los parterres con flores brillantes y multicolores, árboles alineados y de hojas verdes y transparentes, arbustos podados con diseños curvos, y luego por caminos con vista a los bajos de la Ciudadela, donde están las lagunas y prados en que juegan cisnes, patos, gallos y pavos reales, ¡e incluso ciervos! Pero los ciervos estaban lejos y medio escondidos entre los árboles, así que optamos por concentrarnos en el plumaje real de los pavos, y en el cisne que parecía querer ducharse con el chorro de agua a presión que brotaba de una lagunilla. Vamos, que estábamos en el jardín de algún gigante bondadoso.
Al cabo de una media hora, estábamos en tan buena disposición de ánimo que sentimos la necesidad de tomar algo. Pensé que la fórmula más barata sería comprar en alguna tienda y sentarnos luego en el parque: nadie discutió la propuesta y entramos en la ciudad para explorar. Pamplona es tan respetuosa del descanso de sus ciudadanos, que los domingos casi todo cierra; me encanta esto. Al poco rato, sin embargo, encontramos un minimarket abierto: una señora de rostro agradable estaba barriendo la entrada y al vernos interesados en la vitrina nos invitó a entrar. Elegimos nuestras bebidas en la nevera y fuimos a la caja. Djuna, el congolés del grupo, inició la conversación. Resultó que la vendedora era búlgara, pero llevaba muchos años viviendo aquí. La mayor parte de los productos de la tienda los importaba desde su país y estaba orgullosa de su negocio y de sus clientes. Al final, Djuna le preguntó si nos podría recomendar alguna cosa para picar y acompañar las bebidas. Ella se entusiasmó, rodeó el mostrador que nos separaba, recogió de una góndola un paquete con palitos salados y de otra pilló una bolsa con tostaditas sabor a queso. - Se los regalo, lo disfrutarán, dijo con una sonrisa tierna mientras entregaba los paquetes a mi amigo. - ¡Por favor!, ¡no hace falta, déjenos pagarle! , insistió él.
-Se los regalo y punto. No querrán discutir con una persona que viene de los Balcanes, puede ser peligroso, ¿eh?, concluyó, haciéndonos reír. Le dimos las gracias calurosamente y salimos felices de la tienda, listos para disfrutar de nuestro aperitivo en alguna banca de La Taconera. Mientras nos sentábamos a la sombra de un castaño, Gustavo, el brasileño, preguntó: “¿Alguien sabe por qué este parque se llama Taconera?” Charles, el nigeriano, intentó un chiste: “Porque aquí está permitido decir tacos”. Típica risa floja ante los chistes malos. Djuna dijo algo sobre la forma de las murallas que rodean el jardín, pero no le entendí. Yo pienso distinto, para mí, “Taconera” debiera significar algo como: “Parque expresivo de la magnanimidad navarra, que acoge con gusto a todos, niños, adultos y especialmente a las mujeres elegantes de la ciudad que, con tacos o sin ellos, saben vivir con ademanes ligeros y nobles, como la buena mujer búlgara que nos atendió en su negocio con tanto cariño.
Juan Ignacio Izquierdo Hübner, estudiante chileno en la UNAV.