El canto gregoriano

Enrique Iriso Lerga

Publicado el 13/04/2022 a las 07:21

La música da brillo y esplendor a la litúrgica, gozo y alegría de Dios, que muestra su grandeza a los fieles a través de la palabra, ceremonial, piezas corales... El canto gregoriano encaja en la liturgia sacra, porque es conducto de la palabra de Dios. Cuanto más divinas son las palabras, más dulce es el sonido. El modo declamatorio de los monjes da prioridad a la palabra, resaltando la acentuación y puntuación del latín.

Las raíces del repertorio gregoriano se encuentran en el canto judío de las cantilaciones (recitación del texto) y salmodias; en la música griega madre de las escalas modales; en el canto sirio, origen de la himnodia, de la antífona y de la melodía tipo; y en el canto bizantino, que nos ha legado la herencia de la idea de octoekos. El canto gregoriano romano se impuso frente a otras variantes litúrgicas: galicano, ambrosiano, beneventano, mozárabe, “viejo” romano.

A la abadía benedictina de Solesmes (Francia) le corresponde la recuperación contemporánea del canto gregoriano. Dom André Mocquereau (1849-1930) introduce los signos rítmicos en la escritura moderna de las melodías gregorianas. Para este monje el canto monódico constituye una forma de arte en su género por su sobriedad, ingenuidad, apariencia y delicadeza. En él todo es muy natural, sin esfuerzo alguno, con gran precisión del ritmo y dotado para conmover el alma. Se trata de una plegaria grave pero sentida y de una oración elevada. La salmodia es la esencia y encanto del gregoriano. Los salmos, admirables tesoros de oración, una respuesta del hombre a Dios desde la fe en actitud orante. Hablan desde el corazón. Están destinados a bendecir y alabar al Señor, a recoger el clamor dolorido, a manifestar las dificultades, problemas, esperanzas y anhelos del ser humano. Nacen al calor del templo y en sintonía armoniosa con el pueblo.

El gregoriano es patrimonio musical de la humanidad entera y supremo modelo de toda música religiosa, un tesoro, un camino teológico que la Iglesia entrega a los hombres y mujeres del mundo.

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