Los abusos en la Iglesia
Publicado el 16/02/2022 a las 07:42
Desde hace varios años va ganando terreno en la opinión pública un sentimiento de estupor y repulsa motivado por la revelación de numerosos abusos sexuales perpetrados a menores por parte de sacerdotes y religiosos, pertenecientes a la Iglesia Católica.
Los fieles católicos tenemos que reconocer, con humildad y dolor, esta cruda realidad por dura e incómoda que nos resulte. No podemos esconder la cabeza, o mirar para otro lado, como si nada estuviera pasando en la Iglesia. Sería rechazar neciamente la evidencia que se confirma cada día con la salida a la luz pública de nuevos casos de pederastia. Sin embargo, sin ánimo de justificar lo injustificable y a todas luces repudiable, no olvidemos que ni siquiera los Apóstoles fueron todos fieles a Jesucristo. Sabemos cómo Judas le traicionó, vendiéndole por treinta monedas.
El Papa, Francisco está siendo muy claro y contundente al formular las directrices que marquen la pauta del comportamiento en este tema tan espinoso. Él señala el camino a seguir en la Iglesia: “Tolerancia cero… Huir de la ocultación del problema… Y total colaboración con la justicia”. No se puede negar que la Iglesia tiene deficiencias y comete errores y pecados como los abusos a menores. Bienvenida sea la investigación que pueda facilitar el esclarecimiento de los casos de pederastia en las diversas instituciones eclesiales. Está bien y es justo que los culpables paguen su merecido. Y que las víctimas sean atendidas debidamente en la medida de lo posible.
Pero la Iglesia no es solo pecadora, ni todos los sacerdotes son pederastas. En los últimos días algunos medios de comunicación y ciertas formaciones políticas han desatado sus furias, lanzando su “progresía justiciera” contra la Iglesia Católica, de manera especial contra sus representantes, tratando de exprimir al máximo el escándalo del limón pederasta. Evidentemente nos encontramos ante una campaña de descrédito, orquestada con el fin primordial de acosar y derribar a la Iglesia. El silencio nos llevaría a ser cómplices de este mal disimulado fariseísmo mediático. Si hubiera verdadera sinceridad y deseo real de erradicar el problema de la pederastia, la preocupación se extendería a denunciar a todos los abusadores de menores: en los gremios deportivos, en los centros estatales de acogida, en las mismas familias… Y no solo se persiga a los que tienen alguna vinculación con la Iglesia Católica que representan un ínfimo porcentaje con relación al problema global. ¿Con qué autoridad moral puede una agrupación política exigir responsabilidad y justicia para otros mientras sigue cobijando, bajo su paraguas ideológico, centenares de crímenes sin resolver, a la vez que brinda su apoyo y jalea a quienes los perpetraron?
En la cara de la Iglesia, ciertamente, quedará visible una nueva cicatriz. No va a resultar una tarea fácil borrar de su rostro la profunda huella de la pederastia. Toda crisis exige su propio tributo que hay que pagar al contado. Pero la crisis es sinónimo de crecimiento. Y la Iglesia bien pudiera salir fortalecida de este vergonzoso infortunio, transformándolo en crisis de crecimiento y purificación.
Domingo Urtasun, sacerdote y periodista