Adiós a Javier Gómara
Publicado el 15/02/2022 a las 07:32
Cuando hace cuatro días le llamé por teléfono -demasiado tarde, perezoso de mí-, me dijo con voz muy desarmada que estaba “muy mal”.
Le conocí de cerca y le traté mucho cuando era presidente de UPN y presidente del Grupo Parlamentario en aquel turbulento Parlamento que nos tocó, cuando no sabíamos si íbamos a tener en cada sesión, un día sí y otro también, un cisco. En aquel Parlamento, que tuvo que tomar decisiones fundamentales para muchos años, en medio de una guerrilla etarra criminal y de un dramático fraccionamiento del grupo mayoritario constitucionalista.
Javier Gómara fue a veces mi paño de lágrimas y mi único recurso a la hora de calmar las iras y las iracundias de algunos de los suyos, que nos traían de cabeza -¡esos “temperamentos”, decía él- en varias de las sesiones, que eran, en verdad, capaces de exasperar al más cuitáo. Pocos años después, le tocó presidir el Parlamento, en momentos más sosegados y lo hizo muy bien: venía ya muy curtido. Pero antes volvimos a vernos en las Cortes Generales, él en el Congreso y yo en el Senado. Junto con otros parlamentarios navarros de los dos mayores partidos hicimos buenas migas, allí y aquí, y llevamos a cabo iniciativas comunes, provechosas para Navarra y para España, ¡cuando todavía los políticos navarrros “en Madrid”, de varios colores, nos entendíamos bien y hacíamos cosas juntos!
Cuando dejamos las Cortes, convocamos juntos a todos los exparlamentarios navarros nacionales a una comida fraternal en Pamplona el día de la Constitución; tuvimos suerte por dos veces; solo, cuando algunos comenzaron a preguntar si iba a asistir Fulano o Mengano, se acabó lo que se daba. Javier asistió contentó a la conferencia anual en homenaje a la Constitución cuando, hace cinco años, la Asociación Doble-Doce instauró esa buena costumbre. Hombre de recia fe religiosa, amante fervoroso del Fuero navarro, reconocido abogado y político, conservador templado, su bonhomía y afabilidad eran proverbiales. Tanto que a veces, injustamente sin duda, le reprochábamos tanta afabilidad y condescendencia. Pero él tenía ese don que otros no teníamos.
Yo no voy a decir de Javier Gámara que “allí, donde esté…”, esa frase absurda que hoy se oye y se lee en boca de agnósticos, indiferentes y hasta de ateos, y de no pocos creyentes en las mismas iglesias. Un día, tras la muerte de su esposa, que tanto le conmovió, lo comentábamos: Si en la nada “no se está”, ¿dónde sino en Dios? Hace cuatro días me decía Javier, con dolor, que estaba “muy mal”. Hoy, gracias a Dios, está mucho mejor.
Víctor Manuel Arbeloa, ex presidente del Parlamento de Navarra