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La Navidad sin Dios no existe

  • Emilio Garrido Landívar
Publicado el 27/12/2021 a las 07:56
La Navidad sin Dios no existe, no es Navidad. Dos mil años llevamos celebrando la Navidad, porque un niño indefenso, llamado Jesús, viene a salvarnos. ¡Es el Mesías prometido! Llegó y el mundo cambió. Qué misterio, qué enigma tan fuerte, que profundos y recónditos entresijos nos abordan desde hace dos mil años. Otras culturas monoteístas, todavía esperan el Mesías, otros ni siquiera saben que ya está entre nosotros, “acampó entre nosotros” y nos trajo la paz, el amor, la justicia, el amar al enemigo -¡qué locura!-, así de loco fue ese Niño, y cada Navidad lo recordamos con alegría, con luces, con guirnaldas de colores, con estrellas y ángeles, con música de villancicos y regalos que nos hacen y queremos que nos hagan más felices.
Por eso y a pesar de los pesares, debemos volver a redescubrir a Dios-Niño, el de Belén, el del portal, el sin posada, el desnudo, y el que espera sin descanso que volvamos de nuevo a Él. Ahí nos espera en su cuna de madera entre pajas y pañales, pequeño y grande, para que hagamos un esfuerzo individual, para volver a creer y amar a quien nos espera cada día, sin pedir apenas nada en su pobreza de portal.
La Navidad nos da alegría y nostalgia, tristeza y melancolía. Y compramos y compramos para tapar la tristeza que nos da lo que realmente no es la Navidad. La hemos arrancado de lo más profundo del corazón. Gastamos más que nunca, comemos más que nunca y bebemos sin mesura, amputando la verdadera emoción de la Navidad: un niño pobre que nace entre nosotros, siendo Dios, lo celebramos sin acordarnos de que vino para que fuéramos más humanos, más justos, más caritativos, más cristianos. Pero el espíritu de la Navidad se ha pulverizado en alguna medida en nuestra sociedad. No hay estrellas, no hay slogans de felicidad, de amor, de ternura… Solo luces sin sentido, no hay nacimientos, no se dice feliz Navidad, sino más bien “felices fiestas”, ¡cuando sin el Niño, no hay Navidad! No debemos abandonar lo trascendente, porque nadie duda que lo trascendental nos hace más felices, más auténticos y humanos. Cuando perdemos ese norte, se nota un vacío profundo y sigues el rebaño del consumo, no encontrando la paz en tu interior. Cuando se siente a Dios, cuando se ve a Dios-Niño en Navidad, esa es la verdadera Navidad. El vivir para mí, el disfrutar por disfrutar, ajeno a la realidad cultural que hemos aprendido y vivido durante generaciones, solo trae vacío intenso que justificamos ahora con el cosmos, el universo, pura casualidad, el azar, la nada.
Claro que hay que disfrutar, comer, vivir, querer, amar, comprar, regalar, etc. Todo se puede hacer, pero con un espíritu trascendente: la trascendencia es el valor de lo importante, de lo que requiere cuidado y atención porque prevalecerá a través del tiempo. La trascendencia es saber que llegará algo o haremos algo que traerá consecuencias para siempre, que marcará el rumbo de nuestra vida diferente, con la esperanza puesta en otro mundo y en otra vida, que “ni ojo vio, ni oído oyó, lo que Dios nos tiene preparados”. Con lo trascendente la historia cambia en ese niño que da a luz una virgen-madre, “nos hace pasar del desánimo y el sentimiento del abandono a la alegría de la fe y del amor, nos puede resultar costoso y difícil, no importa; tenemos referentes suficientes que nos asisten y es la gracia de Dios-Niño que nos ayuda y nos cura en la Navidad” (P. Urzainqui, A.). Felices Navidades a todos los lectores del Diario de Navarra, porque creemos, porque la fe hace la fiesta y la Navidad.
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