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El cultivo de la fe desde el calor del hogar

  • José María Montes Andía
Publicado el 27/10/2021 a las 08:23
El pasado 3 de octubre se cumplieron felizmente 64 años de nuestra vida matrimonial; pensábamos celebrarlo como de costumbre: comida y tertulia todos juntos, 8 hijos más 5 cónyuges, 23 nietos y biznietos, pero la pandemia alteró los planes. Aprovechando las nuevas tecnologías, los hijos nos dieron la sorpresa montando una video-tertulia en la que participaron todos, desde distintas ciudades de España e incluso desde otros países. Hablamos, cantamos y rezamos juntos: una experiencia gozosa. Confirmamos que la belleza de la familia fundada en el amor es una realidad, cultivando la fe desde el calor del hogar.
Vivir la fe en casa, en el lugar de trabajo, entre los amigos, transmitiendo los valores cristianos con naturalidad, sencillez y honestidad, pienso que es el mejor objetivo que podemos plantearnos. He leído estos días cómo muchas familias comparten y viven cada día juntos sus rutinas, sus valores, sus ilusiones y sus creencias. Nuestra vida ha estado marcada por el ejemplo que nos han dado nuestros padres, que nos han ayudado a escuchar qué era lo que Dios nos pedía y a mirar cómo ponerlo en práctica. En el transcurso de los años hemos cambiado, realizando muchas actividades que nos han llenado de gozo, nos han hecho crecer y reflexionar sobre lo que aprendimos. Pero también nos han dejado huella otras experiencias, tanto a nivel personal como de pareja. En cualquier caso, tengo el convencimiento de que la familia es el ambiente más adecuado para que arraigue la semilla de los valores cristianos. Sin amontonar tesoros inseguros y frágiles, que no valen la pena. Es cierto que nuestro corazón tiene una sed de infinitud que solo Dios puede colmar, pero en la vida hay muchas otras realidades que nos facilitan el encuentro con lo que de verdad importa. Me refiero, de modo particular, a la familia y a todo lo que lleva consigo la vida familiar, verdadero tesoro y centro de nuestras preocupaciones más íntimas, a la que dedicamos el tiempo necesario, y que está por encima de otros intereses.
En la relación conyugal el matrimonio es la clave, y el amor se construye en colaboración, con esfuerzo, para mantener siempre el fuego del cariño. Hay que resaltar la importancia, no menor, de los hijos, estando vigilantes ante los que Él nos confió. Vivir con alegría nuestra vocación cristiana, sabiendo que es algo que se debe cultivar, mimar y hacer crecer. Cualquier momento es bueno para admirarse en voz alta de cómo actúa Dios a través de las cosas pequeñas, para rezar, para proponer sin imponer, para acompañar sin agobiar. La familia, mujer e hijos, es la pieza más importante de la sociedad, donde Dios tiene su más firme apoyo. Los padres hemos de ser conscientes de esta responsabilidad. Vigilantes ante los nuestros, con amor atento para ayudar con cariño al que descuida sus deberes; para tener más atenciones con el necesitado, para crear un clima de laboriosidad y de preocupación por los otros. Los enfermos son los predilectos, la persona que sufre es el tesoro de la casa y se le ayuda a llevar su enfermedad, a rezar, procurando que padezca lo menos posible, porque el cariño quita el dolor o lo alivia; o, al menos, es un dolor distinto.
Ahora, cuando parece que las agresiones a la familia se han multiplicado, el mejor modo de cuidarla es el cariño, contando, por supuesto, con los defectos propios y ajenos. Si nos consideramos, además, creyentes, eso se reflejará en la vida diaria. Si la familia está unida, con un amor grande y una fe vivida, resiste mejor el embate de las ideologías invasivas que la desestabilizan. Y si alguna vez llega el dolor o la enfermedad, se lleva mejor entre todos y es ocasión de una mayor unión y de una fe más honda. El tesoro lo tenemos en la propia casa, en el propio hogar, en las personas que Dios ha querido vincular a nuestra vida. La normal relación conyugal y el cariño a los hijos vivido en el hogar constituyen el ambiente ideal para proponerles, más que imponerles, los valores cristianos. De esa manera, Dios no será un extraño, a quien se va a ver, en el mejor de los casos, una vez a la semana, el domingo, a la iglesia.
José María Montes Andía, exdirector de la Escuela de Ingenieros de El Sario
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