El péndulo

Álvaro Fernández de Mesa

Publicado el 25/10/2021 a las 07:39

En 1847 se publicaba Jane Eyre. Casi al mismo tiempo, en España lo hacía La Gaviota. Y veinte años después lo hacían Mujercitas y Middlemarch. Todas con algo en común: estaban escritas por una mujer, pero publicadas con nombre masculino. Charlotte Brönte, Cecilia Böhl de Faber, Louise May Alcott y Mary Evans habían decidido camuflarse con pseudónimos. Porque si no, a ver quién les iba a publicar.

El otro día saltaba la bomba: la ganadora del Premio Planeta eran en realidad tres escritores. Carmen Mola no era real. La polémica estaba servida, y no era para menos. Después de la lógica sorpresa inicial, me imagino que la gente habrá reaccionado de muchas maneras distintas. A algunos les habrá dado igual, otros se habrán indignado, y a otros les habrá entrado un ataque de risa. Una lástima que nadie haya entrado a otro posible debate de si una novela pierde valor cuando está creada por tres personas distintas. Pero bueno, esa es otra historia.

A mí sobre todo me ha dado pena. Lo que han hecho los ganadores del premio de un millón de euros ha sido aprovecharse de que ahora mismo es más fácil que te publiquen si eres mujer que si eres hombre. Así que, ni cortos ni perezosos, decidieron apostar. Y han ganado. Pero con su victoria, han puesto en evidencia nuestro sistema. Un sistema que apuesta teóricamente por la igualdad, pero que sigue lejos de ese objetivo. Parece que reparar errores del pasado consiste en volver a cometerlos, pero desde el otro lado. Me pregunto si a las Brönte, Alcott y compañía les gustaría que aún haya gente que firme con otro nombre para que les publiquen. No creo, porque no existe la discriminación buena. Porque a lo único que lleva es a convertir la historia en un péndulo que nunca para. ¿Realmente queremos eso?

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