Compra un libro y tendrás un huerto de arte (II)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 04/03/2021 a las 08:26

(Sigue.) Me apuesto doble contra sencillo a que más de un lector, al acabar de leer las 234 páginas de la obra, da un brinco. Ignoro si, coronada dicha tarea, culminado dicho divertimento, juzgará la experiencia como una epifanía o un hito de su existencia (punto de referencia temporal que permita hablar de un antes y un después de), por considerarlo acontecimiento inaudito e insólito, que a una/o la/o convierte en otra/o. No me extrañaría nada (de nada) que más de un lector (ella o él) hiciera tres cuartos de lo mismo que llevó a cabo otrora, si hacemos caso a lo que dijo y dejó escrito, Gabriel García Márquez, “Gabo”, la primera vez que pasó (y posó) su vista por “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo, que, tras leer la novela, consumió las horas nocturnas de aquel día dichoso en volverla a leer. El éxtasis su réplica exigía. Había que duplicar o reproducir ese exaltado placer cuanto antes, como eso mismo, mutatis mutandis, confía, desea y espera Otramotro que ocurra con el genuino y glorioso orgasmo doble que él, en lo que puede que repute otro hito, anhela compartir con quien da pleno sentido a su vida, Iris. Tal vez en la próxima edición (a la obra de marras le auguro muchas), esa es, al menos, mi esperanza y mi deseo (pero, como nunca descarto la posibilidad de que sea yo el equivocado, me conformo con dejar los tres apuntes que me dispongo a señalar enseguida a la consideración del autor), aparezca el “como” de la primera línea de la página 27 tildado; no conste la coma en la línea 14 de la página 56 (o acaso sean dos las comas que constate), y sí obre tras “cumple”, en la línea 17 de la página 127. Meras minucias, sí, peccata minuta, en una obra excelente. No he acabado de leer la obra (mañana retomaré mi lectura en el capítulo 13, “Cuando éramos tan guapos”, en la página 193), pero, aun sin darle el oportuno remate, he sentido el impulso irrefrenable de urdir la presente crítica literaria (hay quien cree que criticar solo consiste en decir lo malo, ocultando lo bueno, y aun óptimo, de una obra, sea esta del tipo que sea; bueno, pues debo comentarte, si ese es tu caso, que yerras morrocotudamente; porque criticar consiste en hacerlo con criterio/s). En “El huerto de Emerson”, Luis Landero ha ido sembrando a voleo, dejando diseminadas arbitrariamente aquí, ahí y allí, en esta, esa o aquella página (lee el párrafo de la 117, el que inicia “A mí lo imposible se me apareció el día…” y termina “una aparición celestial”, reléelo y me entenderás), revelaciones poéticas sin cuento. No te destriparé ninguna, porque tú, avezado lector (ella o él), seguramente, advertirás, cuando llegues a ellas, como si un cohete, habiendo arribado a la altura requerida, explotara y deviniera en un fogonazo o haz de luz cegador, telonero de un volcán aéreo que despide por su cráter invisible, en vez de lava, un sinfín de arcoíris. Ángel Sáez García angelsaez.otramotro@gmail.com

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