Por una democracia participativa

Manuel Sarobe Oyarzun|

Publicado el 10/10/2020 a las 08:37

El mes pasado se publicó en esta sección una carta en la que criticaba a un Joseba Asirón que me respondió en las redes sociales. A ello siguió un cruce de correos privados, en buen tono. Esta interactuación entre un personaje público y un don nadie como yo invita a la reflexión.

La participación de los ciudadanos en la vida democrática no debería limitarse a votar una vez cada cuatro años. Tampoco es de recibo que nuestros políticos únicamente se dejen ver sonrientes por calles y mercados en campaña electoral. Parlamentos y ayuntamientos no pueden convertirse en palacios de cristal cerrados al público. Urge reducir la enorme brecha que separa a los representantes de sus representados.

Este distanciamiento se evidencia ya en época electoral. Los abarrotados mítines de antaño han dejado paso a patéticas performances consistentes en plantar fugazmente en la vía publica un atril móvil desde el que un candidato flanqueado por figurantes coloca un mensaje mirando a una cámara ante la indiferencia de los viandantes, debida quizás al escaso valor que se concede a las promesas electorales. Concluida la campaña, el trecho aumenta. Recuerdo la inauguración de una plaza en Barcelona presidida por el entonces alcalde y concejales. Tras las protocolarias alocuciones desde un estrado, las autoridades se retiraron discretamente a un afamado restaurante, evitando todo contacto con los numerosos vecinos congregados en un ambiente festivo, a quienes, eso sí, se repartió chocolate. Me sentí como un mono al que arrojan cacahuetes. El llorado Quino habría clavado la escena con su prodigioso talento. La desafección política se agudiza. Les sugiero un sencillo ejercicio para comprobarlo; ¿serían capaces de nombrar a los cinco diputados y tres senadores por Navarra elegidos hace menos de un año?

Remánguense e implíquense en la vida pública. No son exigibles grandes sacrificios pues hubo quienes ya los hicieron antes para que ahora gocemos del periodo de paz y prosperidad más largo jamás conocido en la historia de España. Toca, eso sí, afianzar este preciado legado. Apelo especialmente a los -en ocasiones apáticos- jóvenes que no conocen -ni imaginan- una sociedad sin los actuales derechos y libertades, en un momento en el que la deriva autoritaria o populista se extiende incluso por países de acrisolada cultura democrática de la mano de líderes estrafalarios. Los políticos son servidores. Monitorícenlos. Denuncien sus errores. Aféenles sus incumplimientos. Exíjanles lo que crean justo. Aplaudan también sus logros. En esta misma sección abundan escritos sobre los más diversos temas cargados de razón dirigidos a unos gobernantes a quienes animo, a su vez, a interactuar como Asirón hizo conmigo. Cerciórense de que los hechos o datos en los que se base su relato sean veraces. En ocasiones su crudeza es tal que no es preciso añadir a su exposición detallada juicio personal alguno. El infierno al que se ha sometido a la familia Ulayar en Etxarri Aranatz, para avergonzar de por vida a ETA y a la izquierda abertzale, por ejemplo. En el terreno de lo opinable -¿monarquía o república? v. gr.- admitamos que nuestra postura puede ser tan válida como cualquier otra. Pierdan el miedo a expresar sus ideas. A lo más que uno se expone ahora -quiero pensar- publicando un escrito cañero con el nacionalismo vasco radical de trasfondo es a que el interpelado responda en Facebook con otro texto no menos cañero. Algo sin duda más llevadero que los veinticinco tiros que descerrajaron, sin ir más lejos, a quien durante tantos años dirigió este periódico por ser nuestra voz en los años de plomo.

manuel sarobe oyarzun

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