Todos somos mejores después de “escuchar”

Virginia Martínez-Peñuela|

Publicado el 04/10/2020 a las 16:26

En esta semana se inauguran las temporadas de la Orquesta de Euskadi y de la de Navarra. Puedo adivinar las serias dificultades por las que ambas instituciones habrán tenido que pasar para hacer arrancar de nuevo la maquinaria. Corren tiempos muy difíciles para la cultura y para la música en especial. Cancelaciones de conciertos, redistribución de espacios, limitaciones de aforos…nada que no sepamos ya. Pero una cosa es saberlo y otra el sentimiento que se percibe cuando te encuentras de nuevo disfrutando en vivo como público de ésta que es la pasión de muchos. Ayer el silencio podía cortarse. No escuchamos una sola tos. ¡Qué curiosa observación! Cuando antes, en los silencios, y en ocasiones fuera de ellos, la gente se quitaba el paso para toser… ahora no. Ahora está prohibido. Todo está prohibido ahora. Menos escuchar. Y fue una preciosidad. Ese silencio que podía escucharse. Tan importante, necesario y significativo como la propia música. De hecho, sin él, esta última simplemente dejaría de existir. Y la emoción. La emoción de un gran número de artistas en el escenario. Siempre me pregunto cuando pienso en esta profesión, la de músico, qué actividad tan maravillosa es esta. Todo pasa en un momento. Apenas dos horas. Pero en esas dos horas están en juego muchos años de trabajo. Casi digo miles. De muchos profesionales. Desde los técnicos, los trabajadores de los espacios escénicos, los gestores de dichas actividades, las administraciones públicas y privadas que sostienen el sistema, el público indispensable y por supuesto la de los compositores, los intérpretes y el director. Detrás de la vida profesional de cada uno de los músicos que hay en escena, hay innumerables horas de trabajo. Todo profesional del gremio, o cercano a él, sabe de qué estoy hablando. Y todos esos años de trabajo constante y diario se demuestran en tan corto lapso de tiempo. Y todo ello en conjunción con todos los miembros de la orquesta y siguiendo la disciplina del director. Es fantástico. Todo un complejo engranaje que ha de funcionar en un espacio y un tiempo. Por eso tanto esfuerzo deja huella en el corazón de las personas. Algo pasa, que el público percibe de alguna manera lo valioso de todo esto. Cada uno de nosotros somos mejores después de escuchar. Todos dejamos un trocito de corazón cada vez que vamos a un concierto. Es por esto por lo que debemos seguir acudiendo a las salas de concierto. Debemos seguir apoyando con nuestra presencia todo este mundo espléndido que sin duda nos ayuda a vivir. Debemos seguir comprando entradas para mantener todo esto. Tan sencillo como eso. Sin el público, todo lo demás no tiene razón de ser. Esa puede ser una de las formas de contribuir a recuperarnos y volver poco a poco al mundo que teníamos. Antes….

Y, por último, propongo una frase para la reflexión: la pronunció el cantante Carlos Álvarez. Días pasados se preguntaba textualmente: “ No entiendo por qué he venido en un avión lleno pero tengo que cantar en un teatro vacío”. Puede dar mucho que pensar.


Virginia Martínez-Peñuela, abonada de la Orquesta Sinfónica de Navarra, abonada de la Orquesta Sinfónica de Euskadi y Socia de AGAO (Asociación Gayarre Amigos de la Ópera)

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