Mi primer atardecer en Pamplona
Publicado el 20/09/2020 a las 09:17
Algunos días después de llegar a Pamplona, Alex, un compañero mío en el máster que ya lleva un año viviendo aquí, me invitó a hacer running hacia “el campo de trigo sin trigo”. Le dije que sí olvidando los cálculos básicos de comparación de fuerzas (él - después me acordé- es aficionado al gimnasio) y con ignorancia total respecto a la dificultad de la ruta. Pero me entusiasmó la idea pues iba a ser mi primera exploración por los alrededores de la ciudad. Arrancamos - o mejor, despegamos- antes de la cena y nos precipitamos hacia las calles de Mendillorri. Al cabo de un rato, Álex me llevaba una buena distancia de ventaja, así que me puse a contemplar el joven barrio de Sarriguren que aparecía entre nosotros para distraerme. Yo iba silencioso, concentrado en respirar y dudando de si era razonable seguir encadenado a mi partner. En eso, una familia asomada al balcón de un último piso me lanzó palabras de ánimo: “¡Aúpa!”. Les sonreí, sorprendido, y cobré nuevas energías para seguir adelante. Entonces levanté la cabeza y vi a lo lejos a mi amigo, que se había detenido para que siguiéramos juntos hacia “el campo de trigo sin trigo”.
Entramos en un sendero de tierra y luego de adentrarnos un buen trecho por el campo ya no pude más. Me rendí y me puse a caminar; me sentía extenuado, sediento y abandonado. Álex, sin embargo, siguió. Dejé pasar los minutos para reunir fuerzas. Entonces sentí otro mensaje de ánimo, aunque esta vez provenía directamente de Dios. Primero una luz dorada cubrió el paisaje, luego ese esplendor fue adquiriendo tonos más cálidos, hasta recordarme el cobre de mi patria. Entre la rigidez de mis músculos y el color que impregnaba mis brazos, me sentí transformado en una estatua mitológica.
Era el sol, que se estaba poniendo detrás de las colinas en el horizonte. Sentí una emoción al caer en la cuenta de que estaba presenciando mi primer atardecer en Pamplona. “Chileno, esta ciudad despierta y flexible, histórica y moderna, ordenada y alegre… te acoge”, me pareció oír decir a las nubes y al cielo pintado. De pronto apareció Alex y cautelosamente se puso a mi lado. “Jota, ¿estás bien?”, me preguntó levantando las cejas. Y yo le respondí, inconsciente: “Sí. Pamplona y yo estamos muy bien”.