Nunca antes hasta ahora

Jon Guergué|

Publicado el 12/07/2020 a las 08:45

Nunca antes pegar la etiqueta con el precio de la fruta había sido tan difícil como ahora. Al llevar ambas manos protegidas, el pegamento de la etiqueta se pega al plástico que, tras un tira y afloja, acaba liberando al pulgar de su confinamiento. Un episodio banal, experimentado por primera vez y entreverado con situaciones de todo tipo, situaciones de primera vez. Quizás nunca antes, una de esas palabras tan usadas por coaches de todo el mundo, resiliencia, había encontrado la verdadera horma de su significado; lejos del lenguaje de manual de autoayuda que tanto gusta a quienes tienen a Steve Jobs por guía mesiánico. Nunca antes habíamos incorporado tantas palabras feas, de manera tan rápida, a nuestro diccionario. Esperemos que el vocabulario se recupere con la desescalada; este último pulpo, por cierto, comprado como animal de compañía por la RAE. Nunca antes el discurso publicitario de algunas marcas había quedado tan desnudo, ya que nunca antes centrarse en lo esencial había sido tan importante, como su contrario, irrelevante. Nunca antes iconos como La Torre Eiffel o La Rambla de Barcelona se habían visto desprovistos de su principal atrezzo, las personas; ciudades que parecen un decorado de cartón piedra esperando el día de rodaje. Nunca antes, en democracia, se habían suspendido totalmente unos Sanfermines, y más de una y uno llorará por no poder disfrutar de ese espacio físico-temporal reservado al gozo y la pasión. Nunca antes unas prácticas improvisadas de enfermeras y enfermeros habían entrañado tanto valor y riesgo, y nunca nadie podrá robar a esos jóvenes una experiencia tan humana. Nunca antes los cerrajeros se habían imaginado que tendrían que entrar tantas veces en casas de ancianos que nadie echa de menos; el televisor encendido durante demasiadas horas como única señal de la presencia de la parca. Nunca antes el petróleo había cotizado en negativo, pagando los productores hasta 37 dólares el barril para deshacerse del que un día fuera oro negro, y se ha convertido en un agujero todavía más negro; inmejorable metáfora de la necesidad de una urgente transformación de nuestros modelos productivos. Nunca antes se había valorado tanto lo que nunca antes se nos había limitado a hacer; también lo que hubiéramos hecho diferente. Nunca antes el dolor por la muerte de un ser querido se había elevado a una potencia tan siniestra, por la prohibición de velatorios y funerales; aunque mantener intacta la impronta del recuerdo no requiera de pompas fúnebres, sí de memoria, y ese es el mejor homenaje. Nunca antes lo banal y lo trágico se vieron las caras tan de cerca.

Jon Guergué

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