Políticos para el coronavirus

Manuel Sarobe Oyarzun|

Publicado el 19/05/2020 a las 08:15

Parece claro que son muchas las cosas que hay que hacer mal para padecer la tasa más alta de mortalidad o de sanitarios contagiados por coronavirus del mundo. Nombrar ministro de Sanidad a un filósofo, para empezar. A la espera de que los tribunales se pronuncien sobre las eventuales responsabilidades civiles y criminales en que hubiere podido incurrir el Gobierno por su calamitosa gestión de la pandemia, conviene recordar alguna de las cosas que se han hecho mal aquí.


Impedir la erección de tres centros punteros de investigación biomédica -tan buscados hoy- por los prejuicios de socialistas y nacionalistas hacia un Opus Dei al que luego confían el cuidado de su salud o la educación de sus hijos. El arrinconamiento de los hospitales privados, sin cuya colaboración la sanidad pública habría colapsado en esta crisis. El secular ninguneo a los médicos; si Viscofán ha premiado con 2000 euros a cada empleado por fabricar tripas para salchichas, ya me dirán ustedes qué no merecerían cobrar los esforzados galenos. El derroche de gobiernos cigarras como el anterior cuatripartito, que tras cuatro años de vacas gordas castigándonos con los impuestos más altos de España apenas redujo deuda pública en unas arcas cuyos ingresos caerán a plomo. El desahogo de María Chivite pidiendo donaciones tras dilapidar una fortuna creando cargos innecesarios, solo para pagar su sillón... Urge regenerar la vida pública, hoy en manos de gurús de la mercadotecnia política a quienes únicamente importa vendernos un presidente empleando para ello, además de todos los recursos del Estado -incluida la Guardia Civil- medios de comunicación vasallos a los que se compra sin disimulo. Es imperativo acabar con el impúdico vedetismo del narcisista Sánchez para volver a situar a las personas, sin excluir a los mayores, en el centro de la acción política. Ciudadanos a quienes prestar del modo más eficaz los servicios propios del Estado del bienestar -empezando por los que velan por su vida- con especial atención a los más vulnerables mediante ayudas orientadas a superar dependencias en lugar de a cronificarlas.


Y es que sobra propaganda mientras faltan test y mascarillas. No necesitamos consultores, publicistas o estrategas sino gestores competentes. Gente experimentada que llegue a los cargos de responsabilidad a enseñar y no a aprender, como confesó sin rubor una ministra del infausto Zapatero. Líderes que sean, además, referentes morales. Prescindamos, por higiene democrática, de lastres como Joseba Asirón, enfangado a estas alturas en frustrar declaraciones institucionales de condena a ETA. Avergüenza recordar que llegó a ser alcalde de Pamplona. Ambicionemos dirigentes de mente abierta, capaces de acordar con sus adversarios en busca del bien común. Empáticos con los sufridos administrados, reduciéndose el sueldo, siquiera testimonialmente, o no sancionando a quienes no ayudan a cumplir con sus obligaciones fiscales, por ejemplo. Políticos pragmáticos no atenazados por ideologías trasnochadas. Tipos con altura de miras y sentido de Estado que no pierdan el tiempo tensionándonos con empobrecedoras ensoñaciones pueblerinas mientras descuidan lo esencial. Gente a la que se expulse de la vida pública cuando hace mal su trabajo, máxime si su negligencia ocasiona un quebranto económico, como el imputable a nuestro Manu Davalor, porque hay equivocaciones que, por anunciadas, no pueden salir gratis.


Necesitamos para ello una sociedad libre y crítica que empiece por denunciar los abusos y desviaciones de poder operados al calor del estado de alarma, que algunos parecen haber confundido con el de excepción. Una sociedad que recele de aquellos mandatarios que se encuentran excesivamente cómodos gobernando, sin apenas control, a una ciudadanía cautiva, con sus derechos y libertades fundamentales mermados. Una sociedad, en suma, con valor suficiente para enfrentarse en esta pandemia al triple reto de salvar vidas, haciendas y una democracia digna de tal nombre. Y, entre tanto, si quieren incumplir las normas impunemente, ya saben lo que toca. Homenajear a un etarra.


Manuel Sarobe Oyarzun


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