Riesgos y vida

Alfonso Echávarri|

Publicado el 10/05/2020 a las 08:57

Es relativamente fácil perder la referencia del día de la semana que es y del número de mes. Todavía no nos hemos despistado del todo si es abril o mayo. El caso es que, nos vamos acostumbrando a muchas cosas, tal vez a demasiadas, olvidando con rapidez un modelo de vida que, aunque mejorable, era el nuestro. Pero claro, el miedo está ahí. Miedo a respirar, a tocar una barra de pan en el supermercado, a abrir una puerta como siempre se ha abierto. Miedo a un estornudo o a una tos, aunque sea por ese algo que algunas veces se queda en la garganta. Claro, eso de un abrazo, ni hablar, que son ya dos metros los debidos para estar a salvo. Manos bien lavadas y ropa a sesenta grados. Mascarillas, guantes y a ver las cifras diarias, suplicando a la pantalla del televisor que nos escupa mejores resultados y que nos digan que ya podemos salir un poco a la calle. Con esto nos basta.


Yo soy el primero que defiendo que el distanciamiento es el método más eficaz para no permitir que este virus vaya saltando de organismo en organismo y campe a sus anchas. Hasta que no dispongamos de una vacuna, estar en casa o salir a trabajar, pero con las medidas de protección adecuadas, es lo que con responsabilidad tenemos que hacer y seguro que entre todos conseguiremos que todo esto que estamos viviendo pase a un lugar inolvidable de nuestra historia. Inolvidable, es decir, para no olvidar. Hasta ahora hemos aprendido y asumido que existen riesgos en relación con esta pandemia y que, por lo tanto, es necesario mirarlos de frente y hasta adelantarnos en lo posible para minimizarlos. Será la historia de la que hablamos la que se convertirá en juez para saber si lo que hemos hecho se podría haber hecho de otra manera y será entonces cuando las responsabilidades de las decisiones o la falta de ellas deberán ser asumidas. Pero ahora surgen nuevos riesgos que sería bueno analizar para el beneficio del conjunto de la sociedad. Me gustaría reflexionar sobre dos de ellos. El primero es el riesgo de confundir una cifra con las personas que están detrás de ella. Me refiero a las personas que han fallecido por causa de este virus y a cómo lo han hecho. También miro a sus familias y a la dolorosísima situación que han atravesado y lo siguen haciendo, ya que, en muchos casos, no han podido despedirse de sus padres, madres u otros seres queridos. Si ya es complicado decir adiós a una persona, no poder hacerlo se convierte en un agravamiento de la pena y en un comienzo más complicado del proceso de duelo. Tampoco han podido realizar los ritos relacionados con la muerte. Desde un punto de vista psicológico, los ritos favorecen la aceptación del fallecimiento, el aterrizaje en la realidad de lo que ha sucedido. Además, los tanatorios, los funerales y los entierros e incineraciones se convierten en momentos especiales en los que las familias que han perdido a su ser querido reciben el apoyo sincero, los abrazos y las lágrimas de otras personas que desean así transmitirles que no están solas. Repito, desde un punto de vista psicológico, esto ayuda mucho a la hora de iniciar el tránsito por el duelo. Si la persona es creyente, desde la espiritualidad, además de todo lo anterior, los ritos le recuerdan y reconfortan con la esperanza de que no todo acaba. Pero ahora, durante los casi cuarenta días de confinamiento, esto no está siendo posible, al menos de una forma plena, y muchas familias sienten que sus muertos se han quedado en puras cifras, puras estadísticas y que, si mañana son trescientos en vez de quinientos, el resto estaremos de enhorabuena y a por otro día. Me vengo preguntando desde hace unas semanas si tan difícil, de verdad, si es tan complicado que como sociedad podamos decirles a todas estas familias que nos importan sus seres queridos que han fallecido en estas circunstancias. Y que también nos importan ellas. Con gestos. No serán ritos, pero sí gestos. ¿Banderas a media asta? ¿Declaraciones institucionales? ¿Qué alguien les diga, nos diga, que cada muerte importa?

El segundo riesgo tiene que ver también con el miedo. Pero con el miedo a comenzar a salir a la calle, a los parques, a los bares, a los cines, a las tiendas. Cuando se pueda, claro. Pero el miedo a que la persona que tengamos al lado esté bajo sospecha y todo esto. Cuando oigo lo de los pasaportes inmunológicos, de los seguimientos por geolocalización, lo del control de la temperatura a la entrada de un supermercado, se me encienden las señales de alarma. No estoy hablando de no hacerlo si realmente es necesario. Pero será necesario hacerlo muy bien, porque de lo contrario puede ser muy fácil comenzar a clasificar a las personas en función de si son o no un riesgo para el resto. Clasificar y aislar. A los niños, porque muchos pueden ser asintomáticos. A las personas mayores, porque son población de riesgo. A las personas que no tienen anticuerpos, porque pueden infectarse y así transmitir la enfermedad. Es decir, riesgo de brazaletes de otros tiempos. Es por esto que, como valedores de esta sociedad, tenemos que ser conscientes de que los miedos se retroalimentan solos y que de nosotros depende que todo esto no se nos vaya de las manos cuando podamos saludarnos por las calles y contarnos qué tal nos ha ido durante este tiempo.

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