Yo no salgo a aplaudir

César Jauregui Arbizu|

Publicado el 27/04/2020 a las 08:03

Cuando se acercan las ocho de la tarde, me encierro en mi habitación con la música a tope. Permanezco así unos diez minutos. Porque escuchar los aplausos de la gente me ofende, me hace daño. Y no porque no aprecie en el mérito enorme de los sanitarios. Para nada. Lo que pienso es que salir a aplaudir al balcón es hacerles el caldo gordo a nuestros políticos y autoridades que han enviado a nuestros sanitarios a luchar sin protección, directos al contagio y a la muerte. España ha sido el país con mayor número de sanitarios afectados.

Cada vez que veo salir a Fernando Simón, a maquillar los datos y decirnos lo bien que lo está haciéndolo el gobierno, se me revuelven las tripas. ¡Cómo puede ser que un experto en pandemias nos dijera que esto sería como una gripe normal… ! Si tuviera un poco de vergüenza comenzaría sus comparecencias pidiéndonos a todos perdón. A finales de marzo murió mi madre de coronavirus en una residencia de religiosas. Dos días antes de morir se le hizo la prueba, que salió positiva. La madre superiora dispuso diez días antes que a mi madre solo la atendieran dos monjas, enfermeras las dos. Podía haber ordenado que esa labor la hicieran empleadas de la residencia, pero quiso protegerlas y obedecer al carisma de la orden: cuidar a los enfermos. Para ella va mi aplauso. Después de morir mi madre tardaron más de una semana en hacerles la prueba a las monjas que la atendieron, porque no tenían síntomas. No pensaron en el terror-pánico que corría entre las 45 ancianas residentes, las 12 empleadas y la comunidad religiosa de la residencia. Gracias a Dios las pruebas fueron negativas. Pero gracias a Dios, no gracias al buen hacer de nuestros políticos y autoridades sanitarias, que han dejado a nuestros mayores en la más absoluta indefensión. Hace poco leía la amarga queja de un trabajador de tanatorio. Se refería a las tremendas medidas que les imponían, a la prohibición de acompañar al familiar en sus últimos momentos y que solo puede haber tres personas en el funeral. Sin embargo, decía, “en el Carrefour había 300 personas´.” Robarle a un hijo despedirse de su madre es un crimen. Por todas estas cosas, yo no salgo al balcón para aplaudir.

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